Se ha completado la retirada del ejército israelí de Gaza, y se construye un alto el fuego sobre bases endebles – el enésimo en este conflicto- para que la comunidad internacional constate de modo fehaciente el fracaso de la diplomacia para detener una guerra tribal y vergonzosa en los tiempos que corren.

Disculpen por el retraso en la publicación de este segundo artículo, continuación del primero publicado en pleno apogeo de la operación “Plomo duro” y en la que analice, con vuestro concurso a través de los comentarios que aportábais –muchas gracias a todos- , el conflicto desde la perspectiva israelí.
Me ratifico en la búsqueda de la equidistancia y la serenidad a la hora de emitir cualquier juicio sobre un conflicto larvado en las entrañas de una tierra pobre en recursos y rica en historia, marcada a fuego por el legado de las tres grandes religiones monoteístas y que no conoce la paz desde tiempo inmemorial. Me reafirmo en la necesidad de respetar el derecho internacional, sus principios básicos y los contenidos de la Declaración Universal de los derechos humanos, como carta fundacional de la ONU a la que pertenece Israel como sujeto pleno de derecho internacional. Nada justifica una operación de la envergadura de la desarrollada por Israel en diciembre y enero, por desproporcionada, por errónea. Tendrá consecuencias a medio plazo, negativas para el propio Israel, que no tendrá mayores garantías de seguridad y estabilidad.

¿cómo se inició esta guerra larvada que se prolonga más de sesenta años?
Oficialmente en 1948, cuando los estados árabes que rodean Palestina declaran la guerra al estado que acaba de nacer, fruto de los planes de partición elaborados por la ONU ese mismo año. La guerra transcurre con fortuna para Israel, y se inicia el éxodo palestino hacia Gaza y los campos de refugiados de Líbano, Jordania, Siria y Egipto. La Nakba.
Mucho tiempo atrás, en Occidente ya se era consciente del desastre que se podía generar, en gran parte por la diplomacia secreta de la política colonial francesa y británica en la zona.
Sirvan las proféticas declaraciones de Balfour, Ministro inglés de exteriores cuando se empezó a negociar la creación de un estado hebreo en la zona, allá por los años 20:
«… les hemos prometido a los árabes la creación
de un hogar nacional árabe, de una monarquía

hachemita en Palestina, y les hemos prometido al
mismo tiempo a los judíos la creación de un hogar
nacional judío en no muchos años». Y terminaba Balfour
diciendo: «No podemos esperar un juicio muy
benevolente en el futuro de estas actuaciones»
Tras sucesivas guerras, acuerdos y desacuerdos, los tratados de Oslo consagraron el principio de que en la región ambas comunidades tenían derecho a coexistir, con la creación de un estado palestino árabe a partir de la devolución de los territorios ocupados por Israel desde la guerra de los seis días, en 1967. Se creaba, a tal fin, la Autoridad Nacional Palestina, como ente político-administrativo que debía asumir la interlocución palestina en el intervalo.
Sin embargo, un vistazo al mapa de los límites del futuro estado palestino dan idea de la inviabilidad del mismo, no solo desde el punto de vista organizativo, sino, sobretodo, económico.
Además, quedaban sin tratar asuntos espinosos como los Altos del Golán -reivindicados por Siria- y, fundamentalmente, la partición de Jerusalén, reconocida por Israel como su irrenunciable capital frente a la comunidad internacional, que sitúa la misma en Tel Aviv y no reconoce Jerusalén como capital del estado hebreo.
El liderazgo de la causa palestina recayó, durante muchos años, en Yasser Arafat. Sin embargo, a su muerte, las elecciones celebradas en los territorios bajo dominio de la ANP dieron el triunfo a Hamas, el grupo de inspiración islamista que había conseguido ganar más apoyos en los territorios ocupados a partir de una efectiva red de atención social que contrastaba con la percepción ciudadana de que la formación rival, Fatah, se había entregado a la corrupción y los intereses occidentales.
Por unas u otras razones, el liderazgo de la causa palestina, hoy en día, transita hacia un abismo complejo. El respaldo masivo a Hamas probablemente se haya reforzado con la ofensiva israelí, reforzando la teoría de que la violencia extrema favorece las posiciones igualmente extremas. A mi modo de ver la imagen de Al Fatah, la única facción viable para Occidente que ha reconocido los acuerdos de Oslo, se deteriora porque sus líderes, con mayor presencia en Cisjordania, no aparecen como víctimas de una ofensiva que se ha cebado con la población civil. No han sufrido en sus carnes la guerra. 
Al mismo tiempo, Occidente sabe que el conflicto nutre de justificaciones ideológicas a los radicalismos islamistas, el terrorismo que sacude puntualmente nuestras ciudades y países. Y para ello, se ve en la tesitura de negociar con la fuerza electoralmente dominante en la región, Hamás, influenciada peligrosamente por Irán y cerca de otras organizaciones terroristas como Hezbola.
Lo paradójico es que Israel, como hicieran los Estados Unidos en los ochenta en Afganistán, fío su estrategia al fortalecimiento de grupos islamistas como Hamás, frente a movimientos de inspiración originariamente laica y de vocación nacionalista panárabe como Fatah.
Ahora se pagan las consecuencias de alimentar a una bestia, si no directamente, sí debilitando las otras opciones porque eran percibidas como amenazas mayores en su momento. A Israel le interesó siempre debilitar el factor panárabe, y eso ha sido aprovechado por Irán para ganar influencia en la región, invocando el factor religioso islámico.
Unas reflexiones finales. 
En la Franja de Gaza subsisten más de un millón y medio de personas. Habitan un territorio fronterizo con Egipto, un vecino no siempre amable y temeroso de la expansión de movimientos islamistas como los Hermanos Musulmanes en su propio territorio. Un millón y medio de seres humanos que habitan un territorio de apenas 360 kilómetros cuadrados, cercado por un muro de protección levantado ante la pasiva indiferencia de Occidente.
Un millón y medio en 360 kilómetros cuadrados. Más de 4.000 habitantes por kilómetro cuadrado en Gaza. ¿cómo no iba a haber muertos civiles? Cerca de mil en tres semanas.
El término municipal de mi pueblo, La Roda, tiene 390. Y somos 16.000.
Cuánta sangre por tan poco.




