Se llama “La soledad de los números primos”, una de esas sorpresas editoriales que de cuando en cuando aparecen de la nada para convertirse en referente de la actualidad narrativa.
Lo acabo de leer, y no me resisto a hablar de él, porque se trata de un magnífico ejemplo de narrativa contemporánea condensada en doscientas y pico páginas que se despachan con un interés que ya echaba en falta en lecturas recientes.

En un tiempo dominado por las tramas ahistóricas, la narrativa de suspense criptográfico o el manejo al antojo de las tramas conspiranoicas pseudobíblicas –cuánto daño ha hecho el Código da Vinci- la aparición de libros como este del que os hablo es toda una sorpresa. Mejor dicho. La sorpresa es que se conviertan en éxito editorial y sean carne de reedición, porque hay grandes títulos que pasan de largo por las estanterías de librerías y bibliotecas, ajenos a la suerte de que el establishment literario ose poner su atención en ellos.
Que no suene esta reflexión a desaire antisistema porque, como Umbral, he venido a hablar de mi libro. O del libro de Paolo Giordano. Mis disculpas, pero siento un ansia terrible por apropiarme de lo que ha escrito este chaval de 27 años.
La contraportada, excesivamente extensa para mi gusto, nos da la clave para identificar el título con el contenido. Ciertos números primos –aquéllos divisibles sólo por uno y por sí mismos- sólo están separados por un número entre ellos. Son los llamados primos gemelos. Es el caso del 17 y el 19, por ejemplo, sólo separados por un simple 18.
Con esta premisa matemática, el autor construye un relato basado en la afinidad de seres tan extraños, tan distintos, tan especiales como los números primos más cercanos entre sí, condenados a una cercanía próxima a otro igual a ellos pero sin que exista el roce de la proximidad inmediata. Sólo una pequeña distancia los separa.
Hay una extraña familiaridad en la narración. Mucha gente se sentirá identificada con unos personajes en los que la soledad encubre el tormento de ser diferente por lo que somos y por lo que hemos vivido.
Suenan los Cure, Pictures of you, y veo a Alice caída en la nieve, boca arriba, mientras Mattia se esfuerza en calcular la distancia a la que se encuentra la línea del horizonte por el grado de inclinación de los tejados que puede ver desde su ventana.
