martes, 18 de noviembre de 2008

JUAN ANTONIO CEBRIAN. IN MEMORIAM

Hace poco más de un año fallecía el periodista albaceteño Juan Antonio Cebrián. Muchos no lo llegasteis a conocer; otros compartían con quien esto escribe la incansable militancia entre la legión de seguidores que acompañaban a esta voz inconfundible de la radio española, allá donde tenía cabida su magisterio en el mundo de las ondas.

Descubrí a Cebrián a mediados de los 90, cuando capitaneaba un extraño proyecto de radio en Onda Cero, hecho para noctámbulos –forzados y voluntarios- que encontraban en su voz y en sus programas el oasis en medio de un desierto de programas de confesiones de madrugada y programación musical de dudoso gusto.

Las noches previas a los exámenes, madrugadas de café y tensión, fueron el medio que me permitió llegar a un formato radiofónico absolutamente insólito en lo que cabía esperar de esa franja horaria. No había podcast e Internet era un medio no generalizado al que empezaba a asomarse la radio con tímidos buzones de correo electrónico y bocetos de páginas web que no ofrecían más que cuatro fotos y descripción de contenidos. Así que o se aguantaba hasta las 2 para escuchar La Rosa de los Vientos, que así se llamaba y se llama el programa, o renunciabas a ello, si el sueño te vencía.

Poco a poco me fui convirtiendo en un rosaventero más. Secciones míticas como el Callejón del Escribano, Azul y Verde, la Historia del espionaje, la Zona Cero y –sobretodo- los pasajes de la Historia, componían un formato repleto de calidad y cultura en medio de un panorama tan anodino como el que ofrecían Hablar por hablar y demás talk shows de freaks de la noche.

Con los avatares de la vida, me fui haciendo mayor mientras me acompañaban en el proceso Cebrián, Bruno Cardeñosa, Fernando Rueda, Luján Arguelles y Mar de Tejeda, entre otros guerrilleros de la madrugada. En estos diez años, nunca dejé de escucharles, aunque fuera en la distancia que, ahora sí, permitían las nuevas tecnologías. Fue así como empecé a admirar a Cebrián, un paisano que paseaba el nombre de Albacete con el orgullo de quien no quiere ocultar el nombre de una tierra tantas veces asociada a chistes, rimas de poco lustre y burlas.

Poco a poco el locutor se fue creciendo ante su público. Y empezó a contarnos la historia, su verdadera pasión, con libros que redescubrían pasajes olvidados como la Cruzada del Sur o la Aventura de los godos. Una legión de fieles seguidores siempre cubría sus espaldas y estaba dispuesta a predicar, como seña de identidad de la que hacíamos gala a la menor oportunidad, nuestra condición de fieles a La Rosa.

Con Juan Antonio Cebrián viajamos al norte de África con Rommel, conspiramos contra Julio César, conquistamos imperios, vimos caer Constantinopla, luchamos en los Tercios de Flandes, asediamos Jerusalén con los cruzados y acompañamos a Wallace y los highlanders en la lucha contra Inglaterra.

Hasta que una mala tarde del 20 de octubre de 2007 Cebrián se fue para siempre. Estaba preparando la grabación del programa de aquél sábado, y dicen que murió con el micrófono en la mano, en medio de un ataque al corazón fulminante que se llevó para siempre a uno de los tipos más extraordinarios que he conocido en esta vida.

La otra noche, un año y pico después, volví a encontrarme con La Rosa de los Vientos en la madrugada de un viernes. Sus antiguos colaboradores mantienen el programa con la dignidad de quienes se saben herederos de un divulgador que decidió llenar la madrugada de historia, naturaleza, arqueología y aventura. El legado de un hombre que se enfrentó a la ceguera desde los 21 años y que superó las trabas de la vida para hacer lo que siempre quiso en este mundo.

En medio de la noche, cuando el sueño me vencía, volví a escuchar su voz, narrando un pasaje de la historia con los gladiadores de la Roma imperial como protagonistas.

Y quise proclamar, como hoy, que sigo siendo un rosaventero. Que pertenezco a una hermandad de seguidores que siempre recordarán a su capitán con la admiración que le profesan quienes aprendimos con él en las lecciones de la madrugada de café, exámenes e insomnio.

Fuerza y honor.