viernes, 6 de febrero de 2009

SIC SEMPER TYRANNIS

“Así siempre a los tiranos”.

Dicen que nunca lo dijo, que no se trata más que una versión romántica y apócrifa de las palabras que, supuestamente, le susurró Bruto a su padre adoptivo, Julio César, mientras le hundía una daga en el pecho.
Lo que sí es cierto es que el hombre que asesinó a Abraham Lincoln en 1865, un sureño resentido llamado John Wilkes Both le espetó ese latinajo al presidente, apenas unos días después de terminar la Guerra Civil Norteamericana, instantes antes de descerrajarle un tiro a bocajarro. Y que nosotros sepamos, a los ojos de la historia, nunca fue un tirano.

Es el ethos colectivo el que luego podrá definir quién era un tirano y quien no, con el correr de la historia. Quién comete un atentado terrorista al margen de toda legalidad y quién ejerce un acto de justicia, bajo el amparo de la pretensión de evitar males mayores posteriores con la pervivencia en el cargo del tirano.
Quiero compartir con vosotros unas reflexiones sobre el tema, aprovechando la versión cinematográfica del drama de Stauffenberg, el conspirador que más cerca estuvo de matar a Hitler, y que acaba de adaptar en una sobria película –Valkyria- un interesante director Bryan Singer ("Sospechosos habituales")

La película pone de actualidad un personaje secundario en el trágico drama europeo de 1944 y 1945, un oficial bávaro, católico, devoto padre y amante esposo; la perfecta encarnación del militar alemán de estirpe aristocrática, herido en el frente, que encabeza el complot para terminar con el tirano. Más allá del drama, de las expectativas de triunfo de un golpe destinado a descabezar el nazismo y buscar un final honroso para una guerra perdida, me atrae la versión contemporánea del hecho: matar al tirano.
El primer filósofo en predicar sobre el tiranicidio fue Tomás de Aquino, inaugurando un debate sobre el que luego volverán Locke, Jefferson o el pensador toledano Juan de Mariana.
No sé muy bien donde podemos trazar la barrera a partir de la cual el tiranicida comete un acto de justicia al matar al tirano. Y más aún en la inmediatez del momento, cuando la historia no ha trazado las líneas maestras del juicio al que sometemos el pasado, visto con la perspectiva de los años, donde es fácil deslindar quienes fueron los buenos y quienes fueron los malos. Vayamos al momento concreto. Stauffenberg decide matar al tirano que, ciertamente, lleva a Alemania al desastre. Pero es un tirano que alcanzó el poder desde la legalidad, en una democracia que, ciertamente, luego socava desde dentro. Nadie en su sano juicio puede considerar a Stauffenberg como un terrorista, sino como un héroe.
¿Comete un acto de terrorismo quien intenta matar al tirano?
En el complejo de los Invalidos, en París, hay una exposición permanente sobre la historia militar de Francia. En las salas dedicadas a la Segunda Guerra Mundial, los franceses, conocedores de su papel secundario en el conflicto a causa de su temprana derrota, han explotado con grandilocuencia el papel de la Resistencia en la Francia de Vichy, ese baldón negro de la historia de un país en el que los colaboracionistas con los nazis eran mucho más numerosos de lo que siempre se creyó.

En aquellas salas, me llamó mucho la atención un cartel expuesto, de los que se empleaban para empapelar las calles con consignas del poder político, al estilo de los utilizados durante la Guerra civil en España por los dos bandos. El cartel rezaba algo así como “estos son los héroes de la resistencia francesa”. Debajo, los rostros, nombres y origen de once o doce sujetos buscados por atentar contra las autoridades colaboracionistas de Vichy. Entre ellos, tres españoles, republicanos exiliados en el Midi francés, y activos maquis que aprovechaban su experiencia militar para cometer actos de sabotaje y atentados. Debajo, al final del cartel, en grandes caracteres: TERRORISTAS EXTRANJEROS.

La película merece la pena. Aunque no ahonda en los dilemas morales que pueden rondar la mente de un hombre que sabe que, junto al mayor criminal de la historia, el dictador que está destruyendo su amada Alemania, se va a llevar por delante a otros jerarcas, más o menos comprometidos con el régimen nazi pero que se amparan en la obediencia debida para buscar la cómoda seguridad del orden amparado en la tiranía.

Cruzar el Rubicón. El dilema moral entre la segura calma del orden, por inmoral que sea, y el viaje al abismo de quienes se resisten a la indignidad, los que traspasan el río sabiendo que ya no podrán volver a la paz de la otra orilla.

Sic semper tirannys. Así siempre a los tiranos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué curioso, nunca había oído esta frase hasta hace unos días, que salió en el programa Saber y Ganar. No se por qué pero me llamó la atención y justo días después veo esta entrada titulada así...que cosas!

Jesús Javier Perea dijo...

Hola, Carmen.
Pues sí, la frase tiene su historia. Incluso es el lema incluido en el escudo de Virginia, Estados Unidos.
Sigo leyéndote...