jueves, 15 de febrero de 2007

POR LOS CAMPOS DE LA BATALLA DEL EBRO

Creo que mi afición por la historia arranca de la pasión primaria por tocar, por sentir el hálito intangible de gentes que vivieron en un pasado más o menos lejano e impregnaron con su presencia lugares y estancias. Cuando visito una catedral o las ruinas de un castillo, o los vestigios dejados en un campo de batalla, aflora en mí el impulso por acariciar la piedra desnuda o respirar el aire que recorre el campo abierto en el que se tiene la certeza de la lucha encarnizada en algún momento del pasado. Si uno se abandona a la imaginación, puede escuchar el desvencijado chirriar de carromatos atravesando la toledana puerta de la Bisagra entre una pléyade de mercaderes, prelados y hombres de armas, o sentir el estruendo de las armas en la playa de Omaha, en Normandía, cuando los barcos que transportan a miles de soldados temerosos presienten su encuentro con una muerte de la que son terriblemente conscientes.

Pero sin duda alguna, el lugar que más me ha impresionado es el que tuvo por escenario la batalla del Ebro, en la guerra civil española. Fue en las vísperas de aquel sangriento combate cuando Manuel Azaña pronunciara aquel famoso discurso reivindicando paz, piedad y perdón para quienes tuvieran que vivir sobre las cenizas y las tumbas de tantos muertos diseminados por aquél camposanto llamado España.

La Terra Alta, así se llama la comarca en que tuvo lugar la célebre batalla, se asienta en el cruce fronterizo de la baja Cataluña, la agreste comarca castellonense de Les Ports y las estribaciones turolenses de las sierras de Beceite. Ese carácter fronterizo y de tierra de paso queda acentuado por una geografía repleta de quiebros montañosos que delimitan el gran meandro que traza el Ebro antes de buscar la llanura que propicia su desembocadura en el Delta de los arrozales y las tierras arenosas de Tarragona.
Fue allí donde se desarrolló la batalla que, por muchas razones, marca el epílogo de la guerra civil. El canto del cisne de un ejército popular que renace fugazmente de las cenizas en que las tropas sublevadas creían sumida a la República después de partir en dos su territorio, aislar Cataluña y pregonar el final de la guerra en aquél verano del 38. La última y más dura confrontación entre dos bandos condenados a luchar por las alturas de las sierras de Cavalls, Pandols, La Fatarella y Lavall, siempre con Gandesa como eje de una pugna mastodóntica entre lo mejor de los dos contendientes.

Si alguien tiene la tentación de recorrer aquellos campos de batalla, siempre recomendaré hacerlo de la mano de Jorge Reverte y su “Batalla del Ebro” (ed. Crítica, 2003). Transitar los escenarios de la batalla es volver a un pasado reciente marcado a fuego en las ruinas del “Poble Vell” de Corbera, tan devastado que sus vecinos decidieron reconstruirlo al pie de su antigua ubicación, dejando con ello para la posteridad un conjunto ruinoso, sobrecogedor, elocuente de la tragedia.

Buscar las líneas defensivas es un trabajo arduo que puede requerir la ayuda de los lugareños, verdaderos testaferros de un legado que año a año sigue dejando testimonio a través del hallazgo de huesos que asoman de cuando en cuando por movimientos de tierras o trabajos agrícolas.
Más sencillo es encontrar los hitos que con posterioridad se han ido levantando, como el monumento a la “Quinta del biberón”, en lo alto de la cota 705, camino de la ermita de la Fontcalda y escenario de los choques entre las tropas de élite de ambos bandos, la 4 división de Navarra de los sublevados y la célebre 11 división de Líster. Así se conocía a los integrantes de la leva de 1941, los últimos combatientes de una República exhausta que se vio obligada a recomponer sus unidades con jóvenes de 17 años, soldados imberbes que quedaban bajo la tutela de los veteranos de tantas batallas y que terminaron por acaparar los elogios de rudos oficiales como Lister o Modesto, inicialmente desconfiados por la falta de experiencia de aquellos casi niños. Hoy son casi los últimos testigos de aquello.

Impresiona igualmente el via crucis levantado por los supervivientes del carlista Tercio de Montserrat, en homenaje a sus compañeros caídos frente a Villalba de Los Arcos, ante una posición republicana conocida como Punta Targa. El vía crucis termina al pie de aquella posición, finalmente batida por la artillería franquista, cansada de soportar la tenaz defensa de unos soldados republicanos que también merecen el homenaje de sus antiguos enemigos en forma de sencillo monumento a su valor y sacrificio.

Siempre planea en la batalla la sombra serpenteante del río Ebro, majestuoso a las espaldas de quienes se batían desesperadamente en los cerros tomados por los republicanos en los tres primeros días de su fugaz ofensiva y a los que el ejército franquista tardaría tres meses en desalojar de allí.

El río serpentea en silencio, como haciéndose eco de las palabras de Azaña. Los muertos, hombres que respiraron su último aliento en aquélla tierra extraña para la mayoría de ellos, pululan por las sierras negruzcas, secas, amenazantes en la noche que hace 70 años se iluminaba por el resplandor de los obuses y las bombas que modularon el paisaje hasta acabar con todo signo de vida en lo alto de los cerros que delimitan la orilla sur de la curva del Ebro, el último quiebro del gran río ibérico en su camino a la paz del Mediterráneo.

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