Dicen que la historia, casi siempre, la escriben los vencedores. Los antiguos reyes, empeñados en trascender a su tiempo con un legado fantasioso sobre sus hechos y hazañas, trataban a sus cronistas e historiadores como artistas amparados bajo el manto protector de un mecenazgo destinado a hacer pervivir en el imaginario colectivo de su pueblo, las hazañas y hechos gloriosos que, aun no habiendo protagonizado en vida, tendrían que perdurar en el tiempo. Era el testimonio escrito de una grandeza de la que su sucesor en la corona podría echar mano, llegado el momento, como quien reclama el cobijo de la memoria de los antepasados.
Este último testimonio de gloria, este ejercicio de soberbia de ultratumba, pretendía crear entre el pueblo llano una gran mentira que sumiera en tinieblas los hechos reales que sí trascendieron, pero que no fueron contados por pluma alguna que no estuviera al servicio de los propagandistas del poder.
Una gran mentira, construida sobre el olvido, incentivado en un pueblo temeroso del poder, temeroso de las gestas que nunca protagonizó el caudillo de turno, pero que todos jurarían haber visto, sencillamente por no contrariar la historiografía oficial. La historia construida por vencedores incapaces de reconocer merma alguna del mérito glosado por la prosa barroca y engolada de los historiadores de la nómina oficial del gran líder.
Dicen que el papel todo lo aguanta. Que no hay soporte alguno en el que el peso de la palabra, impresa aún con mentira, falsedad, zafiedad y olvido, no termine por asentar derecho de pernada para inculcar una verdad oficial, una cómoda memoria construida sobre cimientos de amnesia colectiva.
Y así, se levantaron monolitos. La fantasmagórica procesión del cadáver de José Antonio, el ausente que, paradójicamente, fue más útil al régimen que si hubiera estado presente en el mismo, sembró la geografía nacional de piedras dolientes a su paso. Y se rebautizaron calles y plazas, que debían testimoniar la gratitud de los pueblos sencillos al Caudillo y sus generales, brazos ejecutores de la Cruzada, que así se llamaría el golpe en adelante. Los colegios y los parques, nexo de unión con los niños que debían repetir con inocencia aquello de “voy al José Antonio”, sin saber muy bien de los méritos contraídos por el personaje que daba nombre al templo de la infancia que es la escuela.
Desde 1939 hasta 1975 asistimos a un proceso como éste en nuestra España. Quisieron que nuestra España dejara de ser Nuestra. De quienes habían defendido un régimen democrático y a los que se convirtió en apátridas por no comulgar con la nueva España que estaba levantando un gerifalte africanista, cuya única victoria militar en vida fue la obtenida contra la mitad de sus compatriotas. Pero aquél caudillo no podía soportar tacha alguna sobre la victoria que relucía en su pechera. No podía consentir que se levantara testimonio que pusiera en duda la justicia de su causa. No se luchaba contra españoles, sino contra el comunismo internacional, se decía entonces.
Hoy, con la consolidación de una democracia todavía joven en el contexto europeo, ha llegado el momento de reconocer a quienes sufrieron esa enorme mentira. En realidad llegó hace muchos años, pero unas veces la prudencia, revestida de extraños miedos a contar la verdad o “reabrir heridas” y otras la voluntad de gobiernos poco interesados, hizo que España fuera posponiendo la necesaria reparación hacia las víctimas de la gran tragedia del 36. Porque, siendo todas víctimas, las que mueren en un bando y en otro, las que entregan su vida por la intolerancia y la violencia salvaje de ambos contendientes, unos, los derrotados, lo fueron durante décadas. Y para ellos nunca hubo Causa General, ni juicios justos, ni calles, ni plazas ni escuelas. Para muchos, no hubo ni aún dignas sepulturas.
“No fue un golpe militar, fue la rebelión cívica de media España que no se resignaba a morir”, repetía uno de sus aduladores; “no luchábamos contra españoles, sino contra el comunismo internacional”. “Rusia es culpable” gritó Serraño Súnyer para culpabilizar al marxismo internacional y la conspiración judeo-masónica de la tragedia española del 36.

Y así fueron pasando los años, hasta que un buen día, el régimen se fue oxidando, incapaz de soportar el peso de sus mentiras, ni la miseria de sus vilezas. Y llegaron los exiliados, ancianos retirados de un país que renegó de ellos. Apátridas que esparcieron el saber de la generación de escritores, pensadores y científicos que hubiera dado España en mucho tiempo. Y salieron de las cárceles los que habían fundado sindicatos y desarrollado actividad política calificada como subversiva. Y aquél país tuvo que mirar al pasado, como quien se despierta de una pesadilla. Un país en el que se ocultó la verdad y se dio carta de naturaleza a la mentira institucionalizada, de prosa barroca y engolada, plagada de apelaciones vacías a la patria, al imperio, a la unidad-de-destino-en-lo-universal, en boca de los historiadores de nómina palaciega que compartieron tardes de alborozo en cacerías por las fincas de Albacete o pescando gigantescos atunes con el dictador. Sí, ese al que llamaban el faro de Occidente, el Vigía de la Civilización cristiana.
Desperezándose andaba el país, cuando echó en falta que le faltaban unos cuantos. Que no todos volvían en los aviones que traían a los exiliados. Y entonces se descubrieron registros falsos, extraños certificados de defunción, que apelaban a fallos cardíacos como causa de muerte en hombres jóvenes.
Entonces se cruzó la primera raya, la trazada por la prudencia que aconsejaba el tránsito pacífico de régimen. Todo sea en pos del acuerdo y la reconciliación. Y los cuerpos se dejaron en su sitio. En los pueblos seguía el misterio sobre las fosas, sobre los ausentes. Y la libertad todavía era demasiado frágil para zarandearla con semejante provocación. Y así, aquellos supervivientes se fueron muriendo de viejos, en la confianza de que el legislador español nunca llegaría a reparar infamias pasadas.
Pero entonces sus hijos y sus nietos retomaron la lucha por la dignidad perdida. Y empezaron a rastrear en los rincones de la historia susurrada, no escrita. Y se dieron cuenta de que por mucho pulso con que se imprimiera el lápiz sobre aquél papel que todo lo aguantaba, los huesos seguían allí, ajenos a las maniobras de los cronistas del Caudillo, donde sesenta años antes los habían dejado los sicarios a los que el régimen premió con el cargo de centinelas de Occidente, y la ocupación de cargos y carguillos en la administración, vacantes tras las depuraciones pertinentes.
Todo lo negaron. Y mataron al mensajero. Y culparon a los nietos por el espíritu de revancha que les llevaba a remover la cuneta de la carretera provincial, o las tapias del cementerio, en el que siempre creyeron que la tierra que cubría las víctimas de la guerra civil sería tan dura de remover como la lápida de un Caudillo del que todos, llegada la democracia, quisieron abjurar con la boca pequeña.
Y entonces sintieron vergüenza.
Este último testimonio de gloria, este ejercicio de soberbia de ultratumba, pretendía crear entre el pueblo llano una gran mentira que sumiera en tinieblas los hechos reales que sí trascendieron, pero que no fueron contados por pluma alguna que no estuviera al servicio de los propagandistas del poder.
Una gran mentira, construida sobre el olvido, incentivado en un pueblo temeroso del poder, temeroso de las gestas que nunca protagonizó el caudillo de turno, pero que todos jurarían haber visto, sencillamente por no contrariar la historiografía oficial. La historia construida por vencedores incapaces de reconocer merma alguna del mérito glosado por la prosa barroca y engolada de los historiadores de la nómina oficial del gran líder.
Dicen que el papel todo lo aguanta. Que no hay soporte alguno en el que el peso de la palabra, impresa aún con mentira, falsedad, zafiedad y olvido, no termine por asentar derecho de pernada para inculcar una verdad oficial, una cómoda memoria construida sobre cimientos de amnesia colectiva.
Y así, se levantaron monolitos. La fantasmagórica procesión del cadáver de José Antonio, el ausente que, paradójicamente, fue más útil al régimen que si hubiera estado presente en el mismo, sembró la geografía nacional de piedras dolientes a su paso. Y se rebautizaron calles y plazas, que debían testimoniar la gratitud de los pueblos sencillos al Caudillo y sus generales, brazos ejecutores de la Cruzada, que así se llamaría el golpe en adelante. Los colegios y los parques, nexo de unión con los niños que debían repetir con inocencia aquello de “voy al José Antonio”, sin saber muy bien de los méritos contraídos por el personaje que daba nombre al templo de la infancia que es la escuela.Desde 1939 hasta 1975 asistimos a un proceso como éste en nuestra España. Quisieron que nuestra España dejara de ser Nuestra. De quienes habían defendido un régimen democrático y a los que se convirtió en apátridas por no comulgar con la nueva España que estaba levantando un gerifalte africanista, cuya única victoria militar en vida fue la obtenida contra la mitad de sus compatriotas. Pero aquél caudillo no podía soportar tacha alguna sobre la victoria que relucía en su pechera. No podía consentir que se levantara testimonio que pusiera en duda la justicia de su causa. No se luchaba contra españoles, sino contra el comunismo internacional, se decía entonces.
Hoy, con la consolidación de una democracia todavía joven en el contexto europeo, ha llegado el momento de reconocer a quienes sufrieron esa enorme mentira. En realidad llegó hace muchos años, pero unas veces la prudencia, revestida de extraños miedos a contar la verdad o “reabrir heridas” y otras la voluntad de gobiernos poco interesados, hizo que España fuera posponiendo la necesaria reparación hacia las víctimas de la gran tragedia del 36. Porque, siendo todas víctimas, las que mueren en un bando y en otro, las que entregan su vida por la intolerancia y la violencia salvaje de ambos contendientes, unos, los derrotados, lo fueron durante décadas. Y para ellos nunca hubo Causa General, ni juicios justos, ni calles, ni plazas ni escuelas. Para muchos, no hubo ni aún dignas sepulturas.
“No fue un golpe militar, fue la rebelión cívica de media España que no se resignaba a morir”, repetía uno de sus aduladores; “no luchábamos contra españoles, sino contra el comunismo internacional”. “Rusia es culpable” gritó Serraño Súnyer para culpabilizar al marxismo internacional y la conspiración judeo-masónica de la tragedia española del 36.

Y así fueron pasando los años, hasta que un buen día, el régimen se fue oxidando, incapaz de soportar el peso de sus mentiras, ni la miseria de sus vilezas. Y llegaron los exiliados, ancianos retirados de un país que renegó de ellos. Apátridas que esparcieron el saber de la generación de escritores, pensadores y científicos que hubiera dado España en mucho tiempo. Y salieron de las cárceles los que habían fundado sindicatos y desarrollado actividad política calificada como subversiva. Y aquél país tuvo que mirar al pasado, como quien se despierta de una pesadilla. Un país en el que se ocultó la verdad y se dio carta de naturaleza a la mentira institucionalizada, de prosa barroca y engolada, plagada de apelaciones vacías a la patria, al imperio, a la unidad-de-destino-en-lo-universal, en boca de los historiadores de nómina palaciega que compartieron tardes de alborozo en cacerías por las fincas de Albacete o pescando gigantescos atunes con el dictador. Sí, ese al que llamaban el faro de Occidente, el Vigía de la Civilización cristiana.
Desperezándose andaba el país, cuando echó en falta que le faltaban unos cuantos. Que no todos volvían en los aviones que traían a los exiliados. Y entonces se descubrieron registros falsos, extraños certificados de defunción, que apelaban a fallos cardíacos como causa de muerte en hombres jóvenes.
Entonces se cruzó la primera raya, la trazada por la prudencia que aconsejaba el tránsito pacífico de régimen. Todo sea en pos del acuerdo y la reconciliación. Y los cuerpos se dejaron en su sitio. En los pueblos seguía el misterio sobre las fosas, sobre los ausentes. Y la libertad todavía era demasiado frágil para zarandearla con semejante provocación. Y así, aquellos supervivientes se fueron muriendo de viejos, en la confianza de que el legislador español nunca llegaría a reparar infamias pasadas.
Pero entonces sus hijos y sus nietos retomaron la lucha por la dignidad perdida. Y empezaron a rastrear en los rincones de la historia susurrada, no escrita. Y se dieron cuenta de que por mucho pulso con que se imprimiera el lápiz sobre aquél papel que todo lo aguantaba, los huesos seguían allí, ajenos a las maniobras de los cronistas del Caudillo, donde sesenta años antes los habían dejado los sicarios a los que el régimen premió con el cargo de centinelas de Occidente, y la ocupación de cargos y carguillos en la administración, vacantes tras las depuraciones pertinentes.

Todo lo negaron. Y mataron al mensajero. Y culparon a los nietos por el espíritu de revancha que les llevaba a remover la cuneta de la carretera provincial, o las tapias del cementerio, en el que siempre creyeron que la tierra que cubría las víctimas de la guerra civil sería tan dura de remover como la lápida de un Caudillo del que todos, llegada la democracia, quisieron abjurar con la boca pequeña.
Y entonces sintieron vergüenza.

1 comentario:
El problema es que los que siempre han escrito la historia son los que tienen el poder para poder hacerlo, y siempre se han encargado de que el resto de la gente tenga el miedo y la incultura necesarios para no cuestionar "su verdad".
Hoy, seguramente igual que ayer y antes de ayer, triunfa la sin razón y la incultura. Los sabios cayan o no tienen altavoz, los altavoces los tienen los cantamañanas encumbrados a "sabios" que nos riegan el cerebro a diario. La cultura, la justicia y el compromiso son palabras casi desterradas de nuestra sociedad, comodamente asentada sobre la base de una "gran mierda". ¿Acaso nos merecemos otra cosa?, mucha gente sí se merece otra cosa, quizá no sea mucha, pero vale la pena estar con esta gente.
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