martes, 25 de marzo de 2008

IRAQ, QUINTO ANIVERSARIO

Hace unos días se conmemoró el quinto aniversario del inicio de las operaciones militares en Irak. Por cierto, que algunos siguen sin reconocer errores en su actuación, pese a que las consecuencias del desastre a medio plazo eran imprevisibles para los patrocinadores de una aventura militar y política mal calculada.

Días después de la efeméride, la fría estadística eleva a 4.000 el número de soldados norteamericanos muertos en la guerra y su mal llamada posguerra.

Y el goteo de bajas continúa como una hemorragia imparable que amenaza con convertir esta guerra en un infausto deja vu de Vietnam.

Y eso que la invasión en sí fue un éxito militar para los anglo-estadounidenses. Entre ambos ejércitos, el número de muertos era de 147 cuando terminaron las operaciones militares de conquista, el 14 de abril de 2003, sólo 24 días después del inicio del ataque.

¿Qué ha pasado para que en los cuatro años y once meses que siguen a la guerra de invasión, el número de bajas haya seguido creciendo imparable hasta superar la cifra de 4.000?

Lo más probable, como dijeron los analistas, es que los estrategas de la foto de las Azores no supieran gestionar la paz que debía sobrevenir a la ocupación teórica del territorio y las ciudades. Los cánones clásicos de una guerra clásica suponían que el dominio del territorio, los centros estratégicos de poder y de decisión y el control de la población potencialmente agresiva, garantizaban al ejército ocupante una relativa seguridad, máxime si, como querían atestiguar las cadenas norteamericanas, los chicos de la 3ª división de infantería eran recibidos como libertadores que ayudaban a los tiranizados iraquíes a librarse del yugo opresor del partido Bazz y el nuevo Satán que era Saddam Hussein.

Fue precisamente esa comunión con los medios, el gran eslabón que necesitaban los mandos militares para transmitir la imagen de una victoria. Se escenificó a la perfección con la célebre caída de la estatua del tirano. Perfecta orquestación de la justicia de la causa. Guerra psicológica para escenificar en casa lo dicho por Westmoreland en Saigón a los marines: estamos aquí para ayudar a esta gente. Nos ganaremos sus mentes y sus corazones, decía el militar que gestionó la derrota norteamericana con 58.000 soldados norteamericanos muertos.

Cinco años después, 4.000 soldados devueltos en ataúdes forrados con barras y estrellas, atestiguan el fracaso mayúsculo de una misión que debía ser quirúrgica en su alcance y efectos colaterales en Irak. No bastó con ajusticiar al tirano y sus cómplices. Ni con trocear el poder político entre un enjambre de grupos étnicos y religiosos a los que aisladamente siempre les unirá el odio a Occidente. Los muertos siguen llegando, pese a la retahíla constante de los progresos en Irak.

Dicen los defensores de la intervención que los críticos de esta aventura sólo damos relevancia a los atentados y matanzas ocasionales y que estos se producen cada vez con menos frecuencia en el tiempo. Son presos de su dialéctica de rutinas no noticiables, aunque sean rutinas de muertes que acaban acostumbrando al telespectador. Cosas de los medios de comunicación.

Lo cierto, y ese dato sí es relevante, es que desde la implantación de la nueva estrategia anunciada a bombo y platillo por Bush en el Congreso en enero de 2007, el número de soldados norteamericanos muertos en este periodo de tiempo es muy similar al del mismo periodo en años anteriores. Así, en este quinto año de ocupación se contabilizan 752 muertos; en el cuarto año 919; en el tercero 794; en el segundo 930; y en el primer año de ocupación los norteamericanos sufrieron 458 muertes.

Demasiada posguerra para un conflicto que duró tres semanas y en el que el total de bajas fue de 147.

Recomiendo un par de películas que retratan el conflicto desde distintas variables pero aportando una visión de conjunto bastante clara del dilema moral de una sociedad que siente la presión de haber sacudido un avispero del que cada vez resulta más duro salir: “Leones por corderos” y “En el Valle de Elah”.

Al final de la segunda película, el personaje de Tommy Lee Jones coloca boca abajo la bandera de las barras y estrellas, símbolo de la desorientación moral y las mentiras constantes sobre progresos, avances, victorias y éxitos en una guerra que se cobra su muerto norteamericano número 4.000.

jueves, 13 de marzo de 2008

9-M: PAISAJE DESPUÉS DE LA BATALLA


Mucho se está escribiendo sobre el resultado electoral del pasado domingo. Que si el PP no ha perdido las elecciones, sino que ha obtenido un magnífico resultado, que si Zapatero se ha beneficiado del voto radical, que si el bipartidismo ha laminado las opciones de fuerzas como IU, etc.

Lo cierto es que, por mucho que se empeñe, mal haría el PP en vender el resultado como una victoria. Como todo en la vida, lo negro y lo blanco se atenúa en una escala de grises que abarca todo ese espectro. Pero lo cierto es que Mariano Rajoy ha perdido sus segundos comicios, viniendo como venía de una mayoría absoluta hasta 2004. No sirven más elipsis para justificar triunfos parciales, ni infravalorar las victorias ajenas. Mal camino emprenden quienes tengan la tentación de buscar en el supuesto voto radical, un alegato que desvirtúe o deslegitime un triunfo electoral socialista por casi un millón de votos de diferencia, que no son pocos. Se puede analizar el trasvase de voto, el beneficio que ha obtenido el PSC en Cataluña o País Vasco a costa de otras fuerzas, o la movilización de la izquierda a favor de Zapatero. Pero mucho cuidado con las tentaciones de derivar este axioma a una deslegitimación del resultado, porque esa receta ya la han aplicado otros en esta legislatura con pobre bagaje, por cierto.

Del mismo modo, el PSOE tiene que hacer una reflexión profunda sobre sus resultados en otros lugares, incluida Castilla-La Mancha. Lo cierto es que el mensaje catastrofista sobre la ruptura, la persecución del castellano en Cataluña o la supuesta rendición a la banda terrorista ETA ha pasado factura electoral en otras regiones en las que no sólo no se ha avanzado, sino que se ha retrocedido, aun a costa de que ello haya restado apoyos al PP en otras regiones.

En todo caso, lo que más preocupación debe despertar en el centro-izquierda español es la probada fidelidad del votante popular, hagan lo que hagan sus dirigentes. Desde 1996, el PP se mueve en horquillas muy reducidas, mientras el PSOE está sometido a una mayor oscilación de voto.

Con todo, estos cuatro años serán recordados por la crispación y el enfrentamiento agrio de los principales partidos en temas de estado. No tengo la más mínima intención en orientar al PP sobre lo que debe hacer en determinadas cuestiones. Pero probablemente haría bien Rajoy en buscar consensos sobre temas de estado como justicia, política exterior o política antiterrorista. Si no por él, por el bien de España. Sería consecuente con su política de comunicación de final de campaña, en la que la economía se ha convertido en el eje de su discurso, relegando el resto de áreas por cuya labor de oposición furibunda se le recordará en estos cuatro años. Y haría bien en dejar de alentar una fobia anticatalana que, a la vista de los resultados, a quien más daña es a él mismo. Por que, de ser ciertas las supuestas persecuciones al castellano en Cataluña, lo normal es que hubiera capitalizado el voto de los dos millones de andaluces, castellanos o extemeños que viven allí y se declaran castellano parlantes. De ser así, el PP habría obtenido algo más que seis magros diputados que consolidan su desastre en una región en la que viven el 18% de los españoles.

Por cierto. Al hilo de las tentaciones de algunos de considerar el incremento de voto del PSOE como voto procedente de radicales, sólo haré una reflexión.


Si en Europa existen votos de radicales de extrema derecha que obtienen reiteradamente un apoyo importante del electorado (10, 15 o 20 por ciento), cabe presuponer que también en España existe un porcentaje de votantes de extrema derecha, difícilmente cuantificable, por cuanto que no existe ningún Frente Nacional como en Francia, ni ningún FPO como en Austria que capitalice ese voto.

¿Dónde está ese voto radical -que indudablemente existe- de extrema derecha en España?. Quizá aquí no haga falta un trasvase de votos de la extrema derecha al supuesto centro-derecha español, sencillamente porque se han sentido bien representados por algunos de sus líderes en los últimos tiempos. Pregúntenles por Cañete.

martes, 4 de marzo de 2008

SIXTO GONZÁLEZ

A estas alturas, a nadie extraña que en campaña electoral se abra la veda de la incontinencia verbal y se recurra al insulto hacia el adversario. No sé. El calor del momento, el verse a uno mismo con la poderosa magia de la palabra enfrentado a un público leal, convencido, proclive a la provocación y receptivo al chascarrillo.

Pero como en todas las facetas de la vida, hay límites que no deberían traspasarse. Conozco al personaje. Lo conozco bien. Y no me extrañan las salidas de tono con que se descuelga de cuando en cuando. Pero no por esperado, deja de asquear el insulto y la bajeza moral que suponen las últimas palabras de Sixto González, cabeza de lista del Partido Popular por Albacete para estas elecciones. En el fondo nada nuevo bajo el sol. La misma utilización asquerosa del terrorismo para excitar los ánimos de un auditorio suficientemente estimulado por la retórica tabernaria y hedionda que emanaba de la cueva de Fedeguico cada mañana.

Ante estas declaraciones, de poco sirve apelar a lo hecho por el Partido Popular en tiempos recientes. Ningún efecto tendrá en quien no siente el peso del cinismo más rotundo por pasar de calificar a la ETA como Movimiento de Liberación Nacional Vasco, que en términos de política exterior, supuso en su momento equiparar a los etarras y su entorno con otras organizaciones como la OLP, para asombro del mundo en su momento.

Nada puede esperarse de quien ha criticado al Gobierno por haber intentado lo que todos los gobiernos de la democracia han intentado. Nada puede esperarse de quien se olvida de los acercamientos de presos, de las excarcelaciones o de la concesión de beneficios penitenciarios para gentes como de Juana Chaos (sí, consulten la fecha de concesión de reducciones de pena por participar en talleres de lectura y narrativa).

Si olvidan eso, como no van a olvidarse del sentido común en campaña electoral cuando se trata de hacer unas gracietas tremendistas ante un auditorio entregado.

He visto las imágenes. He visto como su voz temblorosa se eleva hacia un frenesí de éxtasis, llevado por los vítores de los entusiastas que responden a las arengas del personaje con entusiasmo. Se mimetiza con el ambiente. Por fin es uno de ellos. Ya no tiene miedo a la repercusión de sus palabras. Nada importa que pueda estar calificando a medio país de complicidad en asesinato. Me intriga esa apelación al “para que nos maten”. Primera persona del plural. Son las víctimas. Solo ellos. Se identifica con el martirio de los buenos españoles, la gente normal y decente, como le gusta decir a Rajoy. Tienen el patrimonio del dolor.

Me viene a la memoria la actitud de aquél concejal que empapeló el ayuntamiento con acusaciones de complicidad de asesinato por el 11-M a partidos políticos democráticos por su tibieza en torno a la organización terrorista etarra.

Me enfrenté a él a aquella mañana pidiendo que parase semejante barbaridad. Pedí el amparo del alcalde que, con tibieza, le pidió que retirase aquéllos carteles difamadores y tristemente desatinados en cuanto a la autoría de aquél atentado. Esta semana, Sixto González, los ha vuelto a colgar.

Para él, yo soy cómplice de asesinato. Y aún hay quien bendice sus palabras.