Hace unos días se conmemoró el quinto aniversario del inicio de las operaciones militares en Irak. Por cierto, que algunos siguen sin reconocer errores en su actuación, pese a que las consecuencias del desastre a medio plazo eran imprevisibles para los patrocinadores de una aventura militar y política mal calculada.Días después de la efeméride, la fría estadística eleva a 4.000 el número de soldados norteamericanos muertos en la guerra y su mal llamada posguerra.
Y el goteo de bajas continúa como una hemorragia imparable que amenaza con convertir esta guerra en un infausto deja vu de Vietnam.
Y eso que la invasión en sí fue un éxito militar para los anglo-estadounidenses. Entre ambos ejércitos, el número de muertos era de 147 cuando terminaron las operaciones militares de conquista, el 14 de abril de 2003, sólo 24 días después del inicio del ataque.
¿Qué ha pasado para que en los cuatro años y once meses que siguen a la guerra de invasión, el número de bajas haya seguido creciendo imparable hasta superar la cifra de 4.000?
Lo más probable, como dijeron los analistas, es que los estrategas de la foto de las Azores no
supieran gestionar la paz que debía sobrevenir a la ocupación teórica del territorio y las ciudades. Los cánones clásicos de una guerra clásica suponían que el dominio del territorio, los centros estratégicos de poder y de decisión y el control de la población potencialmente agresiva, garantizaban al ejército ocupante una relativa seguridad, máxime si, como querían atestiguar las cadenas norteamericanas, los chicos de la 3ª división de infantería eran recibidos como libertadores que ayudaban a los tiranizados iraquíes a librarse del yugo opresor del partido Bazz y el nuevo Satán que era Saddam Hussein.Fue precisamente esa comunión con los medios, el gran eslabón que necesitaban los mandos militares para transmitir la imagen de una victoria. Se escenificó a la perfección con la célebre caída de la estatua del tirano. Perfecta orquestación de la justicia de la causa. Guerra psicológica para escenificar en casa lo dicho por Westmoreland en Saigón a los marines: estamos aquí para ayudar a esta gente. Nos ganaremos sus mentes y sus corazones, decía el militar que gestionó la derrota norteamericana con 58.000 soldados norteamericanos muertos.
Cinco años después, 4.000 soldados devueltos en ataúdes forrados con barras y estrellas, atestiguan el fracaso mayúsculo de una misión que debía ser quirúrgica en su alcance y efectos colaterales en Irak. No bastó con ajusticiar al tirano y sus cómplices. Ni con trocear el poder político entre un enjambre de grupos étnicos y religiosos a los que aisladamente siempre les unirá el odio a Occidente. Los muertos siguen llegando, pese a la retahíla constante de los progresos en Irak.
Dicen los defensores de la intervención que los críticos de esta aventura sólo damos relevancia a los atentados y matanzas ocasionales y que estos se producen cada vez con menos frecuencia en el tiempo. Son presos de su dialéctica de rutinas no noticiables, aunque sean rutinas de muertes que acaban acostumbrando al telespectador. Cosas de los medios de comunicación.

Lo cierto, y ese dato sí es relevante, es que desde la implantación de la nueva estrategia anunciada a bombo y platillo por Bush en el Congreso en enero de 2007, el número de soldados norteamericanos muertos en este periodo de tiempo es muy similar al del mismo periodo en años anteriores. Así, en este quinto año de ocupación se contabilizan 752 muertos; en el cuarto año 919; en el tercero 794; en el segundo 930; y en el primer año de ocupación los norteamericanos sufrieron 458 muertes.
Demasiada posguerra para un conflicto que duró tres semanas y en el que el total de bajas fue de 147.
Recomiendo un par de películas que retratan el conflicto desde distintas variables pero aportando una visión de conjunto bastante clara del dilema moral de una sociedad que siente la presión de haber sacudido un avispero del que cada vez resulta más duro salir: “Leones por corderos” y “En el Valle de Elah”.

Al final de la segunda película, el personaje de Tommy Lee Jones coloca boca abajo la bandera de las barras y estrellas, símbolo de la desorientación moral y las mentiras constantes sobre progresos, avances, victorias y éxitos en una guerra que se cobra su muerto norteamericano número 4.000.
