sábado, 28 de febrero de 2009

MOTIVOS PARA LA ESPERANZA

Una vez más, mis disculpas por el retraso. No tengo demasiado tiempo, y cuando lo encuentro, el vértigo de la actualidad, que no espera a nadie, me supera y convierte en obsoleto un tema sobre el que me había propuesto escribir días antes.

Dado que ese no es el caso de la nueva administración Obama, la crisis económica y sus derivadas, aquí juego sobre seguro. Me temo, que aunque me retrase unos días en escribir esta reflexión, la situación seguirá siendo igual de preocupante.
Si les soy sincero, no creo que pueda aportar mucho desde aquí a la catarata de datos diarios, desde los más intrascendentes hasta los más apocalípticos, que cada mañana perturban nuestra conciencia. Pero en fin, algo aportaremos al hilo de las noticias que vienen del otro lado del Atlántico, del nuevo marchamo de la política norteamericana desde la toma de posesión del nuevo presidente.
Asumido que en la era de la globalización, cualquier catarro severo al otro lado del Atlántico tiene consecuencias dramáticas para la salud financiera de la depauperada Europa.
Los que seguís este rincón de elucubraciones varias, recordaréis un comentario anterior sobre el fenómeno Obama, sus consecuencias para el mundo y la rapidez con que los agoreros intentarían despertar a la ingenua izquierda europea de su particular luna de miel con los ciudadanos de las barras y estrellas, los que habían despertado del letargo de la era Bush para dar el giro insólito a lo que algunos consideran un exotismo de la historia.
Sigo manteniendo que la mejor receta contra la desesperanza, contra las previsibles ilusiones defraudadas, es mantener un juicio sereno sobre lo que es posible y no lo es en el contexto de la política norteamericana. Si se analiza la historia reciente de ese país, (y cuando digo reciente me extiendo hasta el fin de la segunda guerra mundial), nunca los demócratas se han encontrado una situación de partida tan compleja. Nunca habían tenido que heredar en la transición de poderes un desierto económico como el que la administración Bush le deja al nuevo presidente. Nada funciona. Ni el sistema bancario, que se desploma, ni la cobertura social, inexistente en el país, ni los resortes del país frente a las emergencias, ni las industrias estratégicas…. No es la primera vez que les ocurre, ciertamente. También les tocó bailar con la más fea después de la crisis económica del 29, con Roosvelt, o tras la salida de Vietnam, con Carter y que dejó a medio país metido en el diván.

En política exterior, rotos los consensos con medio mundo, el unilateralismo ha dado paso a la cultura de la tierra quemada en aras de la imposición de un conjunto de valores por la fuerza, de lo que la administración republicana ha entendido como los valores universales, como valores democráticos a imponer porque sí, y más si el enemigo tiene algún valor geoestratégico por sus recursos o por su posición en el tablero de los grandes estrategas.
Mucho empeño le va a tener que poner Obama a la situación para luchar contra quienes se van a sentir defraudados a las primeras de cambio.
En la misma toma de posesión del nuevo presidente, la derecha española empezó a inocular los anticuerpos de hiperrealidad, con vistas a refrenar la euforia de una izquierda demasiado entusiasta y crecida con el triunfo.
Para que quede claro.
Obama no es un presidente de izquierdas, al menos en el sentido europeo del término. No le pidan que asuma como propios valores como la extensión del derecho al aborto, la prohibición de la tenencia de armas, de la pena de muerte, de la extensión de la edad penal mínima a límites sensatos a nuestros ojos.

No le pidan que deje de invocar a Dios cada vez que tiene ante sí la oportunidad de transmitir un mensaje trascendental para sus ciudadanos, ni pretendan que interne en puertos de la costa este la media docena de portaaviones nucleares que orbitan por el planeta bajo bandera yanqui.
No esperen un compromiso inequívoco con el pueblo palestino, por justa que les parezca su causa, ni que corte de raíz cualquier alianza estratégica con el nuevo gobierno israelí de Netanyahu.
Por favor, quédense con sus gestos, con sus acciones en el marco de lo posible, de lo realizable para el gobierno de un país como Estados Unidos. Y ya se han dado los primeros gestos.
Es el primer presidente que menciona a los no creyentes en su discurso de toma de posesión.
Asume el cierre de Guantánamo como un imperativo moral, y con ello, por cierto, no debilita la posición de su país contra el terrorismo, sino que se rearma moralmente para combatir un mal mundial con las armas de la razón.
Embarca a su país en el mayor programa de desarrollo de energías renovables de su historia.
Plantea una fecha cierta para la retirada de Iraq.
Y por último, promueve un presupuesto histórico en términos de prioridad de gasto, combatiendo la pujanza neoliberal, imperante en la filosofía política más reciente desde los tiempos del binomio Thatcher-Reagan.
El tiempo dirá si las cosas resultan de acuerdo a los planes de una administración que se embarca con esta política económica en un déficit público histórico.

Hace un tiempo dijimos por estos lares que se abría un tiempo de esperanza ante el que nos sentíamos legítimamente esperanzados. Han pasado unas semanas. Sólo unas semanas. Y, honestamente, creo que hay razones para la esperanza.

Falta nos hace.
Post data. También hablamos por aquí en su día del discurso liberal del nuevo presidente francés, Sarkozy. De su apostolado liberal para reformar la sobreestatalizada economía francesa. ¿Se acuerdan? Quien le ha visto y quien le ve.

viernes, 6 de febrero de 2009

SIC SEMPER TYRANNIS

“Así siempre a los tiranos”.

Dicen que nunca lo dijo, que no se trata más que una versión romántica y apócrifa de las palabras que, supuestamente, le susurró Bruto a su padre adoptivo, Julio César, mientras le hundía una daga en el pecho.
Lo que sí es cierto es que el hombre que asesinó a Abraham Lincoln en 1865, un sureño resentido llamado John Wilkes Both le espetó ese latinajo al presidente, apenas unos días después de terminar la Guerra Civil Norteamericana, instantes antes de descerrajarle un tiro a bocajarro. Y que nosotros sepamos, a los ojos de la historia, nunca fue un tirano.

Es el ethos colectivo el que luego podrá definir quién era un tirano y quien no, con el correr de la historia. Quién comete un atentado terrorista al margen de toda legalidad y quién ejerce un acto de justicia, bajo el amparo de la pretensión de evitar males mayores posteriores con la pervivencia en el cargo del tirano.
Quiero compartir con vosotros unas reflexiones sobre el tema, aprovechando la versión cinematográfica del drama de Stauffenberg, el conspirador que más cerca estuvo de matar a Hitler, y que acaba de adaptar en una sobria película –Valkyria- un interesante director Bryan Singer ("Sospechosos habituales")

La película pone de actualidad un personaje secundario en el trágico drama europeo de 1944 y 1945, un oficial bávaro, católico, devoto padre y amante esposo; la perfecta encarnación del militar alemán de estirpe aristocrática, herido en el frente, que encabeza el complot para terminar con el tirano. Más allá del drama, de las expectativas de triunfo de un golpe destinado a descabezar el nazismo y buscar un final honroso para una guerra perdida, me atrae la versión contemporánea del hecho: matar al tirano.
El primer filósofo en predicar sobre el tiranicidio fue Tomás de Aquino, inaugurando un debate sobre el que luego volverán Locke, Jefferson o el pensador toledano Juan de Mariana.
No sé muy bien donde podemos trazar la barrera a partir de la cual el tiranicida comete un acto de justicia al matar al tirano. Y más aún en la inmediatez del momento, cuando la historia no ha trazado las líneas maestras del juicio al que sometemos el pasado, visto con la perspectiva de los años, donde es fácil deslindar quienes fueron los buenos y quienes fueron los malos. Vayamos al momento concreto. Stauffenberg decide matar al tirano que, ciertamente, lleva a Alemania al desastre. Pero es un tirano que alcanzó el poder desde la legalidad, en una democracia que, ciertamente, luego socava desde dentro. Nadie en su sano juicio puede considerar a Stauffenberg como un terrorista, sino como un héroe.
¿Comete un acto de terrorismo quien intenta matar al tirano?
En el complejo de los Invalidos, en París, hay una exposición permanente sobre la historia militar de Francia. En las salas dedicadas a la Segunda Guerra Mundial, los franceses, conocedores de su papel secundario en el conflicto a causa de su temprana derrota, han explotado con grandilocuencia el papel de la Resistencia en la Francia de Vichy, ese baldón negro de la historia de un país en el que los colaboracionistas con los nazis eran mucho más numerosos de lo que siempre se creyó.

En aquellas salas, me llamó mucho la atención un cartel expuesto, de los que se empleaban para empapelar las calles con consignas del poder político, al estilo de los utilizados durante la Guerra civil en España por los dos bandos. El cartel rezaba algo así como “estos son los héroes de la resistencia francesa”. Debajo, los rostros, nombres y origen de once o doce sujetos buscados por atentar contra las autoridades colaboracionistas de Vichy. Entre ellos, tres españoles, republicanos exiliados en el Midi francés, y activos maquis que aprovechaban su experiencia militar para cometer actos de sabotaje y atentados. Debajo, al final del cartel, en grandes caracteres: TERRORISTAS EXTRANJEROS.

La película merece la pena. Aunque no ahonda en los dilemas morales que pueden rondar la mente de un hombre que sabe que, junto al mayor criminal de la historia, el dictador que está destruyendo su amada Alemania, se va a llevar por delante a otros jerarcas, más o menos comprometidos con el régimen nazi pero que se amparan en la obediencia debida para buscar la cómoda seguridad del orden amparado en la tiranía.

Cruzar el Rubicón. El dilema moral entre la segura calma del orden, por inmoral que sea, y el viaje al abismo de quienes se resisten a la indignidad, los que traspasan el río sabiendo que ya no podrán volver a la paz de la otra orilla.

Sic semper tirannys. Así siempre a los tiranos.