lunes, 10 de noviembre de 2008

Y OBAMA PUDO

Un amigo me dijo una vez que entrar en política en estos tiempos era algo parecido a prestarse a causas caducas, en las que nunca se llega a satisfacer las ilusiones que se despiertan en el gran carrusel de la campaña electoral.

De una forma u otra, siempre he querido pensar que mi amigo estaba equivocado, no sólo por cuanto que darle la razón hubiera supuesto asumir mi propia debilidad, sino –y lo que es más grave- por cuanto de cinismo habría en la decisión de continuar en ese camino a sabiendas de su inutilidad para cambiar las cosas.



El caso es que en ocasiones muy puntuales, uno siente la emoción fugaz que le reconcilia con la política con mayúsculas. Y me refiero a la verdadera reconciliación, la que es capaz de enjugar de un solo trago momentos de duda y deriva.

Algo parecido he experimentado estos días con el triunfo de Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Y no creo ser el único.

El caudal de expectación despertado por Obama ha transformado la actualidad política, colmada por la espiral de la crisis financiera mundial y las noticias sobre desastres de la política exterior de la primera potencia en los diversos frentes que abrió el tejano para vengar la afrenta del 11-S.

No se si mi amigo, Chus para más señas, seguirá pensando que emplear el tiempo en estas andanzas sigue siendo un ejercicio de ilusos empeñados en, como él decía, mantener la fe en causas a las que habíamos puesto el certificado de defunción hace ya mucho tiempo.

Tampoco alcanzo a saber si después del aluvión emotivo de la victoria o la visión de los ojos empapados en lágrimas de hombres que creen haber ganado mucho más que una votación presidencial podrá traducirse, a partir del mes de enero de 2009, en el camino del cambio prometido por el nuevo presidente.


No sé, amigo mío, si Obama será la víctima de la ensoñación de la victoria de un cambio en el fondo imposible y no tan profundo como este mundo necesita. No sé si este nuevo presidente asume en sus hombros el peso de un sistema que, en realidad, no puede mutar a la velocidad y la intensidad que muchos van a reclamar.


Pero sí sé que habrá quien esté ensayando su puntería con los dardos de la traición a la esperanza y la desilusión desde el mismo día en que el nuevo presidente comience su andadura. Y seguramente contemplaremos como, objetivamente, se toman decisiones contrarias a lo que entendemos como la búsqueda de esa esperanza y el cambio a los que con tanta fuerza apeló Obama en una campaña histórica.

Ya habrá tiempo de defraudar ilusiones.

De momento -me lo pide el cuerpo- permítanme pregonar a los cuatro vientos mi activa militancia en la cofradía de los ilusos que hemos creído, nos hemos emocionado, sentido cómplices y activos militantes de un proyecto político que, sabido es, nunca llegará a colmar en su tozudo día a día todas las ilusiones despertadas.

Déjenme despertar del sueño por mí mismo, sin que tenga que hacerlo escuchando a los agoreros que repiten sin cesar las advertencias sobre si el nuevo presidente lo es, antes que nada, de unos Estados Unidos demasiado presos de inercias aislacionistas como para contemplar el mundo del modo en que aquí en Europa, quisiéramos.

De momento decido quedarme en la estación de la victoria de la ilusión. Del triunfo de un negro en una sociedad en la que la podredumbre del racismo ha marcado a generaciones recientes de un modo cruel.

Los que están deseosos de verter jarros de agua fría sobre la llama del triunfo, imposible hace sólo unos meses, que aguanten con el brazo inerte sobre nuestras cabezas.

No saben los heraldos de la resignación, los que están deseando ser testigos del primer patinazo para proclamar a los cuatro vientos que quienes se han ilusionado son unos ilusos, que en el fondo, ese primer latigazo de realidad, cuando se produzca, también forma parte de su propia derrota.

No saben que, eligiendo ser portadores de malas noticias, han escogido el bando de la derrota y el conformismo, pese a que la sociedad civil les haya demostrado con hechos que sigue siendo posible ilusionar a un pueblo en la consecución de logros que muchos se empeñan en enterrar bajo la lápida de la historia de las políticas fracasadas.

No saben que su debacle no la camuflará ni la cruel esperanza de despertar a una generación de norteamericanos que tienen todo el derecho del mundo a creer que se podía hacer.

Vaya si se ha podido.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Sobre todo, el triunfor de Obama, supone el triunfo de la política de sentimientos, o la política de estados de ánimo, sobre la política de ideas, propuestas y pragmatismo.

Adso dijo...

Enhorabuena Jesús. Como siempre, desde que te conozco -tampoco hace tanto, aunque reconozco que te has ganado mi amistad y mi respeto- vuelves a poner de manifiesto tu valentía y capacidad para poner en el disparadero asuntos de los que tenemos que sentirnos partícipes, a la vez que afortunados por tener la oportunidad de disfrutar de un triunfo electoral que, como bien defines, puede ser el triunfo de los sueños y de la ilusión.

Gracias amigo por permitirnos disfrutar de tus análisis y, por extensión, de tu persona.

Seguiré tu blog, aunque hablemos de tarde en tarde.

Jesús Javier Perea dijo...

Muchas gracias, adso. Seguiré por aquí de cuando en cuando, rellenando cuartillas de word cuando el cuerpo lo vaya pidiendo.

Un saludo

alberto dijo...

hola jesús,

Me gustaría ser tan optimista como tú, ya no sólo en el asunto de Obama, sino en general.
Pero, en mi opinión, ya no por Obama, si no por el sistema estadounidense me parece que los cambios, aunque van a ser sustanciales, no van a suponer el giro que el mundo espera o necesita.
Este sistema basado en lobbys, tan poderosos como los fabricantes de armamente, que controlan la acción de gobierno puesto que son ellos quienes pagan la mayor parte de la campaña.
Sin embargo, lo que sí ha conseguido Obama ha sido dar voz e ilusionar a una parte de la sociedad estadounidense que estaba olvidada por el actual gobierno republicano.
Esperemos que cumpla con las esperanzas depositadas en Obama.

Jesús Javier Perea dijo...

Hola Alberto, qué alegría verte por aquí.
Verás,en mi opinión cuanto más altas sean las expectativas mayor será la frustración que podamos llegar a sentir cuando no se vean los resultados maximalistas que vamos a exigir desde una mentalidad tipicamente europea. Por cierto, verás que poco tardan ciertos anarcoliberales en utilizar este argumento, como trasunto de otro mucho más sutil: desconfiad de la política, como si esta actividad fuera patrimonio de la izquierda.

Es cierto que la política norteamericana tiene muchos componentes que escapan a la comparación con los "usos" europeos.
Tenemos que hacer un esfuerzo por desterrar tópicos en la relación con Norteamérica. Evidentemente, existen posicionamientos ideológicos y formas de ver la vida con las que no comulgamos a esta orilla del Atlántico.
Y no bastan cuatro años de administracion demócrata para acabar con la percepción europea de que la pena de muerte es una aberración o que la inexistencia de restricciones en la tenencia y uso de armas de fuego es una barbaridad que incita a la violencia indiscriminada.
Sin embargo, sí pienso que el péndulo de la historia favorece la esperanza de que Estados Unidos recupere su crédito en el mundo con Obama en la presidencia.
Fíjate, tradicionalmente los presidentes demócratas del siglo XX han tenido una política exterior mucho más activa que los republicanos, historicamente apegados al aislacionismo doméstico. Eso, que aparentemente tiene sus contradicciones, es positivo. No desarrollaré este argumento porque voy a colgar un artículo con este tema.
Pero, aun pudiendo parecer optimista en exceso, creo que las cosas pueden cambiar con un presidente que busque algo que la administración Bush denostaba constantemente: la recuperación de un cierto nivel de prestigio internacional para Estados Unidos. Es más importante de lo que parece.
Gracias por escribir por aquí, Alberto. Sigue con ello.