jueves, 25 de diciembre de 2008

CINCO MOMENTOS DE CINE



Me había prometido escribir más a menudo, es cierto. Pero uno no es dueño de su tiempo, al menos en la forma que quisiera, así que aprovecho el descanso navideño para darle algo de lustre a este desangelado blog, repleto de retales varios y encantado de verse de nuevo en activo, aunque hoy, tenga por destino cobijar una pequeña selección de retazos de cine, de escenas concretas que he querido rescatar y comentar brevemente y llevado, seguramente, por el tedio de una tarde navideña insulsa y aburrida en la que me ha dado por recuperar algunos fragmentos de cine que me han dejado huella.

Cinco películas, casi al azar. Ni son mis favoritas, ni tienen porqué constituir, a mi modo de ver, una obra como película, en conjunto, maestra o extraordinaria. Aunque me ha costado mi tiempo, he seleccionado escenas concretas, momentos puntuales que permanecen en mi mente, mucho tiempo después de haberlas visto. Sólo son cinco. Podrían ser muchas más, podrían ser otras bien distintas.Imagino que el momento en que me pongo a ello, el día, el estado de ánimo, influyen para que sean estas cinco y no otras las que se hayan ganado su momento de gloria efímera en este espacio.

Voy a ello.

El Padrino III



Empiezo por un clásico. Aunque no sea la mejor de la saga –a decir verdad es la más floja de las tres- esta escena define por sí sola a un gran actor, en uno de los momentos de mayor tensión dramática que he visto nunca en el cine. Suena la Cavallería rusticana de Mascagni, mientras Pacino grita en silencio y luego en aullido desgarrador. Afinando más todavía, el personaje de Connie, se cubre la cabeza con un pañuelo negro, como una madonna italiana que parece reconciliar a la familia americana con la tierra de la que arrancó la estirpe maldita cuyos pecados expía Michael con la sangre de su propia hija. La pobre Sofia arrastró media vida las críticas sobre su interpretación de la joven Maria. Solo su maestría tras la cámara acabó reconciliándola con el cine, aunque lejos de la interpretación, para la que no hubo redención posible después de ser acusada de tener el papel por empeño personal de su padre. En esta escena, Pacino compone el dolor como ningún otro. El silencio de la pérdida que abrasa la voz y el grito liberador que desgarra su alma perdida.


La delgada línea roja.



El asalto entre la neblina, en los islotes perdidos del Pacífico en los que Norteamérica empieza su venganza por el ataque de Pearl Harbor. En medio de la acción, el crescendo de la música, genial pieza del maestro Hans Zimmer que envuelve una acción dramática, caótica, repleta de dolor. El sin sentido de la muerte y de la guerra en los japoneses errantes en medio de los tiros, la locura en los ojos de los que matan y en los que mueren. La voz del narrador nos atrapa en medio de la acción, cuestionando el porqué de lo inexplicable, de lo inhumano que habita en el hombre.


Erase una vez el oeste.



Es el último spaghetti western, un subgénero que ofreció títulos espantosos y pequeñas joyas, casi exclusivo patrimonio estas últimas del gran Sergio Leone. Es el duelo por antonomasia. Alternancia de planos cortos y perspectivas a ras de suelo para captar la inmediatez de la muerte que se aproxima. Henry Fonda deja caer su chaqueta negra y avanza en círculo con la mirada puesta en Armónica, el inefable Charles Bronson redimido de sus miserias posteriores a ojos de un espectador sorprendido cuando ve esta escena por primera vez. Buen empleo del flashback para encontrar las razones del odio y el ansia de dar muerte al perverso forajido de negro. Mención especial para la música. Cuentan que Morricone compuso la banda sonora antes de que la película tuviera el guión completamente perfilado, por expreso deseo de Leone.

The Kid



The Kid no es la película más conocida de Chaplin, ni está entre las grandes obras de este genio. Recuerdo haber visto esta escena en una adaptación biográfica de Chaplin, con Robert Downey Jr en un extraordinario papel. En la escena, la tensión dramática es impresionante. Ni siquiera la típica persecución con policía y porra consigue arrancarnos la mueca de pena que produce el gesto del niño al que arrancan de los brazos de un Charlot que compone la imagen de la desesperación y la impotencia cuando le están sujetando. Decidme lo que sentís cuando abraza al niño sobre la camioneta, en la escena del reencuentro, casi al final. Por cierto, la música también ayuda.


El Paciente inglés



Gran película de ambientación épica, la mística del desierto de Libia, la pasión desbordada en medio de una guerra que se aproxima. Todo el mundo recuerda la escena del avión sobre el desierto, con Kristine Scott Thomas flotando sobre las dunas. Esta os será menos conocida. Se que es un fastidio, pero sólo la encuentro en inglés.
“Deja que te cuente algo sobre el viento….”, mientras ella dibuja imágenes figuradas en el cristal de coche en el que se refugian de la tormenta de arena. Me fascinó la historia de los vientos de África, hasta el punto de que tras ver esta escena me hice con la Historia de Herodoto, ese manual desvencijado que acompaña al personaje de Fiennes, el conde Almasy, el hombre al que el destino le reserva la crueldad de ver morir a la mujer a quien ama por tener un nombre inadecuado, en un lugar inadecuado, en un momento inadecuado…

En fin. Reitero lo dicho al principio. Son solo cinco escenas. Ahora, después de comentarlas, me asalta la duda de por qué no habré incluido otras quince o veinte que guardo en mi memoria y que merecerían formar parte de esta selección. Prometo seguir con ello más adelante. Hoy son estas cinco, sin un motivo racional ni orden estilístico o temporal para ello. Son sólo cinco momentos de cine.


martes, 18 de noviembre de 2008

JUAN ANTONIO CEBRIAN. IN MEMORIAM

Hace poco más de un año fallecía el periodista albaceteño Juan Antonio Cebrián. Muchos no lo llegasteis a conocer; otros compartían con quien esto escribe la incansable militancia entre la legión de seguidores que acompañaban a esta voz inconfundible de la radio española, allá donde tenía cabida su magisterio en el mundo de las ondas.

Descubrí a Cebrián a mediados de los 90, cuando capitaneaba un extraño proyecto de radio en Onda Cero, hecho para noctámbulos –forzados y voluntarios- que encontraban en su voz y en sus programas el oasis en medio de un desierto de programas de confesiones de madrugada y programación musical de dudoso gusto.

Las noches previas a los exámenes, madrugadas de café y tensión, fueron el medio que me permitió llegar a un formato radiofónico absolutamente insólito en lo que cabía esperar de esa franja horaria. No había podcast e Internet era un medio no generalizado al que empezaba a asomarse la radio con tímidos buzones de correo electrónico y bocetos de páginas web que no ofrecían más que cuatro fotos y descripción de contenidos. Así que o se aguantaba hasta las 2 para escuchar La Rosa de los Vientos, que así se llamaba y se llama el programa, o renunciabas a ello, si el sueño te vencía.

Poco a poco me fui convirtiendo en un rosaventero más. Secciones míticas como el Callejón del Escribano, Azul y Verde, la Historia del espionaje, la Zona Cero y –sobretodo- los pasajes de la Historia, componían un formato repleto de calidad y cultura en medio de un panorama tan anodino como el que ofrecían Hablar por hablar y demás talk shows de freaks de la noche.

Con los avatares de la vida, me fui haciendo mayor mientras me acompañaban en el proceso Cebrián, Bruno Cardeñosa, Fernando Rueda, Luján Arguelles y Mar de Tejeda, entre otros guerrilleros de la madrugada. En estos diez años, nunca dejé de escucharles, aunque fuera en la distancia que, ahora sí, permitían las nuevas tecnologías. Fue así como empecé a admirar a Cebrián, un paisano que paseaba el nombre de Albacete con el orgullo de quien no quiere ocultar el nombre de una tierra tantas veces asociada a chistes, rimas de poco lustre y burlas.

Poco a poco el locutor se fue creciendo ante su público. Y empezó a contarnos la historia, su verdadera pasión, con libros que redescubrían pasajes olvidados como la Cruzada del Sur o la Aventura de los godos. Una legión de fieles seguidores siempre cubría sus espaldas y estaba dispuesta a predicar, como seña de identidad de la que hacíamos gala a la menor oportunidad, nuestra condición de fieles a La Rosa.

Con Juan Antonio Cebrián viajamos al norte de África con Rommel, conspiramos contra Julio César, conquistamos imperios, vimos caer Constantinopla, luchamos en los Tercios de Flandes, asediamos Jerusalén con los cruzados y acompañamos a Wallace y los highlanders en la lucha contra Inglaterra.

Hasta que una mala tarde del 20 de octubre de 2007 Cebrián se fue para siempre. Estaba preparando la grabación del programa de aquél sábado, y dicen que murió con el micrófono en la mano, en medio de un ataque al corazón fulminante que se llevó para siempre a uno de los tipos más extraordinarios que he conocido en esta vida.

La otra noche, un año y pico después, volví a encontrarme con La Rosa de los Vientos en la madrugada de un viernes. Sus antiguos colaboradores mantienen el programa con la dignidad de quienes se saben herederos de un divulgador que decidió llenar la madrugada de historia, naturaleza, arqueología y aventura. El legado de un hombre que se enfrentó a la ceguera desde los 21 años y que superó las trabas de la vida para hacer lo que siempre quiso en este mundo.

En medio de la noche, cuando el sueño me vencía, volví a escuchar su voz, narrando un pasaje de la historia con los gladiadores de la Roma imperial como protagonistas.

Y quise proclamar, como hoy, que sigo siendo un rosaventero. Que pertenezco a una hermandad de seguidores que siempre recordarán a su capitán con la admiración que le profesan quienes aprendimos con él en las lecciones de la madrugada de café, exámenes e insomnio.

Fuerza y honor.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Y OBAMA PUDO

Un amigo me dijo una vez que entrar en política en estos tiempos era algo parecido a prestarse a causas caducas, en las que nunca se llega a satisfacer las ilusiones que se despiertan en el gran carrusel de la campaña electoral.

De una forma u otra, siempre he querido pensar que mi amigo estaba equivocado, no sólo por cuanto que darle la razón hubiera supuesto asumir mi propia debilidad, sino –y lo que es más grave- por cuanto de cinismo habría en la decisión de continuar en ese camino a sabiendas de su inutilidad para cambiar las cosas.



El caso es que en ocasiones muy puntuales, uno siente la emoción fugaz que le reconcilia con la política con mayúsculas. Y me refiero a la verdadera reconciliación, la que es capaz de enjugar de un solo trago momentos de duda y deriva.

Algo parecido he experimentado estos días con el triunfo de Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Y no creo ser el único.

El caudal de expectación despertado por Obama ha transformado la actualidad política, colmada por la espiral de la crisis financiera mundial y las noticias sobre desastres de la política exterior de la primera potencia en los diversos frentes que abrió el tejano para vengar la afrenta del 11-S.

No se si mi amigo, Chus para más señas, seguirá pensando que emplear el tiempo en estas andanzas sigue siendo un ejercicio de ilusos empeñados en, como él decía, mantener la fe en causas a las que habíamos puesto el certificado de defunción hace ya mucho tiempo.

Tampoco alcanzo a saber si después del aluvión emotivo de la victoria o la visión de los ojos empapados en lágrimas de hombres que creen haber ganado mucho más que una votación presidencial podrá traducirse, a partir del mes de enero de 2009, en el camino del cambio prometido por el nuevo presidente.


No sé, amigo mío, si Obama será la víctima de la ensoñación de la victoria de un cambio en el fondo imposible y no tan profundo como este mundo necesita. No sé si este nuevo presidente asume en sus hombros el peso de un sistema que, en realidad, no puede mutar a la velocidad y la intensidad que muchos van a reclamar.


Pero sí sé que habrá quien esté ensayando su puntería con los dardos de la traición a la esperanza y la desilusión desde el mismo día en que el nuevo presidente comience su andadura. Y seguramente contemplaremos como, objetivamente, se toman decisiones contrarias a lo que entendemos como la búsqueda de esa esperanza y el cambio a los que con tanta fuerza apeló Obama en una campaña histórica.

Ya habrá tiempo de defraudar ilusiones.

De momento -me lo pide el cuerpo- permítanme pregonar a los cuatro vientos mi activa militancia en la cofradía de los ilusos que hemos creído, nos hemos emocionado, sentido cómplices y activos militantes de un proyecto político que, sabido es, nunca llegará a colmar en su tozudo día a día todas las ilusiones despertadas.

Déjenme despertar del sueño por mí mismo, sin que tenga que hacerlo escuchando a los agoreros que repiten sin cesar las advertencias sobre si el nuevo presidente lo es, antes que nada, de unos Estados Unidos demasiado presos de inercias aislacionistas como para contemplar el mundo del modo en que aquí en Europa, quisiéramos.

De momento decido quedarme en la estación de la victoria de la ilusión. Del triunfo de un negro en una sociedad en la que la podredumbre del racismo ha marcado a generaciones recientes de un modo cruel.

Los que están deseosos de verter jarros de agua fría sobre la llama del triunfo, imposible hace sólo unos meses, que aguanten con el brazo inerte sobre nuestras cabezas.

No saben los heraldos de la resignación, los que están deseando ser testigos del primer patinazo para proclamar a los cuatro vientos que quienes se han ilusionado son unos ilusos, que en el fondo, ese primer latigazo de realidad, cuando se produzca, también forma parte de su propia derrota.

No saben que, eligiendo ser portadores de malas noticias, han escogido el bando de la derrota y el conformismo, pese a que la sociedad civil les haya demostrado con hechos que sigue siendo posible ilusionar a un pueblo en la consecución de logros que muchos se empeñan en enterrar bajo la lápida de la historia de las políticas fracasadas.

No saben que su debacle no la camuflará ni la cruel esperanza de despertar a una generación de norteamericanos que tienen todo el derecho del mundo a creer que se podía hacer.

Vaya si se ha podido.

martes, 25 de marzo de 2008

IRAQ, QUINTO ANIVERSARIO

Hace unos días se conmemoró el quinto aniversario del inicio de las operaciones militares en Irak. Por cierto, que algunos siguen sin reconocer errores en su actuación, pese a que las consecuencias del desastre a medio plazo eran imprevisibles para los patrocinadores de una aventura militar y política mal calculada.

Días después de la efeméride, la fría estadística eleva a 4.000 el número de soldados norteamericanos muertos en la guerra y su mal llamada posguerra.

Y el goteo de bajas continúa como una hemorragia imparable que amenaza con convertir esta guerra en un infausto deja vu de Vietnam.

Y eso que la invasión en sí fue un éxito militar para los anglo-estadounidenses. Entre ambos ejércitos, el número de muertos era de 147 cuando terminaron las operaciones militares de conquista, el 14 de abril de 2003, sólo 24 días después del inicio del ataque.

¿Qué ha pasado para que en los cuatro años y once meses que siguen a la guerra de invasión, el número de bajas haya seguido creciendo imparable hasta superar la cifra de 4.000?

Lo más probable, como dijeron los analistas, es que los estrategas de la foto de las Azores no supieran gestionar la paz que debía sobrevenir a la ocupación teórica del territorio y las ciudades. Los cánones clásicos de una guerra clásica suponían que el dominio del territorio, los centros estratégicos de poder y de decisión y el control de la población potencialmente agresiva, garantizaban al ejército ocupante una relativa seguridad, máxime si, como querían atestiguar las cadenas norteamericanas, los chicos de la 3ª división de infantería eran recibidos como libertadores que ayudaban a los tiranizados iraquíes a librarse del yugo opresor del partido Bazz y el nuevo Satán que era Saddam Hussein.

Fue precisamente esa comunión con los medios, el gran eslabón que necesitaban los mandos militares para transmitir la imagen de una victoria. Se escenificó a la perfección con la célebre caída de la estatua del tirano. Perfecta orquestación de la justicia de la causa. Guerra psicológica para escenificar en casa lo dicho por Westmoreland en Saigón a los marines: estamos aquí para ayudar a esta gente. Nos ganaremos sus mentes y sus corazones, decía el militar que gestionó la derrota norteamericana con 58.000 soldados norteamericanos muertos.

Cinco años después, 4.000 soldados devueltos en ataúdes forrados con barras y estrellas, atestiguan el fracaso mayúsculo de una misión que debía ser quirúrgica en su alcance y efectos colaterales en Irak. No bastó con ajusticiar al tirano y sus cómplices. Ni con trocear el poder político entre un enjambre de grupos étnicos y religiosos a los que aisladamente siempre les unirá el odio a Occidente. Los muertos siguen llegando, pese a la retahíla constante de los progresos en Irak.

Dicen los defensores de la intervención que los críticos de esta aventura sólo damos relevancia a los atentados y matanzas ocasionales y que estos se producen cada vez con menos frecuencia en el tiempo. Son presos de su dialéctica de rutinas no noticiables, aunque sean rutinas de muertes que acaban acostumbrando al telespectador. Cosas de los medios de comunicación.

Lo cierto, y ese dato sí es relevante, es que desde la implantación de la nueva estrategia anunciada a bombo y platillo por Bush en el Congreso en enero de 2007, el número de soldados norteamericanos muertos en este periodo de tiempo es muy similar al del mismo periodo en años anteriores. Así, en este quinto año de ocupación se contabilizan 752 muertos; en el cuarto año 919; en el tercero 794; en el segundo 930; y en el primer año de ocupación los norteamericanos sufrieron 458 muertes.

Demasiada posguerra para un conflicto que duró tres semanas y en el que el total de bajas fue de 147.

Recomiendo un par de películas que retratan el conflicto desde distintas variables pero aportando una visión de conjunto bastante clara del dilema moral de una sociedad que siente la presión de haber sacudido un avispero del que cada vez resulta más duro salir: “Leones por corderos” y “En el Valle de Elah”.

Al final de la segunda película, el personaje de Tommy Lee Jones coloca boca abajo la bandera de las barras y estrellas, símbolo de la desorientación moral y las mentiras constantes sobre progresos, avances, victorias y éxitos en una guerra que se cobra su muerto norteamericano número 4.000.

jueves, 13 de marzo de 2008

9-M: PAISAJE DESPUÉS DE LA BATALLA


Mucho se está escribiendo sobre el resultado electoral del pasado domingo. Que si el PP no ha perdido las elecciones, sino que ha obtenido un magnífico resultado, que si Zapatero se ha beneficiado del voto radical, que si el bipartidismo ha laminado las opciones de fuerzas como IU, etc.

Lo cierto es que, por mucho que se empeñe, mal haría el PP en vender el resultado como una victoria. Como todo en la vida, lo negro y lo blanco se atenúa en una escala de grises que abarca todo ese espectro. Pero lo cierto es que Mariano Rajoy ha perdido sus segundos comicios, viniendo como venía de una mayoría absoluta hasta 2004. No sirven más elipsis para justificar triunfos parciales, ni infravalorar las victorias ajenas. Mal camino emprenden quienes tengan la tentación de buscar en el supuesto voto radical, un alegato que desvirtúe o deslegitime un triunfo electoral socialista por casi un millón de votos de diferencia, que no son pocos. Se puede analizar el trasvase de voto, el beneficio que ha obtenido el PSC en Cataluña o País Vasco a costa de otras fuerzas, o la movilización de la izquierda a favor de Zapatero. Pero mucho cuidado con las tentaciones de derivar este axioma a una deslegitimación del resultado, porque esa receta ya la han aplicado otros en esta legislatura con pobre bagaje, por cierto.

Del mismo modo, el PSOE tiene que hacer una reflexión profunda sobre sus resultados en otros lugares, incluida Castilla-La Mancha. Lo cierto es que el mensaje catastrofista sobre la ruptura, la persecución del castellano en Cataluña o la supuesta rendición a la banda terrorista ETA ha pasado factura electoral en otras regiones en las que no sólo no se ha avanzado, sino que se ha retrocedido, aun a costa de que ello haya restado apoyos al PP en otras regiones.

En todo caso, lo que más preocupación debe despertar en el centro-izquierda español es la probada fidelidad del votante popular, hagan lo que hagan sus dirigentes. Desde 1996, el PP se mueve en horquillas muy reducidas, mientras el PSOE está sometido a una mayor oscilación de voto.

Con todo, estos cuatro años serán recordados por la crispación y el enfrentamiento agrio de los principales partidos en temas de estado. No tengo la más mínima intención en orientar al PP sobre lo que debe hacer en determinadas cuestiones. Pero probablemente haría bien Rajoy en buscar consensos sobre temas de estado como justicia, política exterior o política antiterrorista. Si no por él, por el bien de España. Sería consecuente con su política de comunicación de final de campaña, en la que la economía se ha convertido en el eje de su discurso, relegando el resto de áreas por cuya labor de oposición furibunda se le recordará en estos cuatro años. Y haría bien en dejar de alentar una fobia anticatalana que, a la vista de los resultados, a quien más daña es a él mismo. Por que, de ser ciertas las supuestas persecuciones al castellano en Cataluña, lo normal es que hubiera capitalizado el voto de los dos millones de andaluces, castellanos o extemeños que viven allí y se declaran castellano parlantes. De ser así, el PP habría obtenido algo más que seis magros diputados que consolidan su desastre en una región en la que viven el 18% de los españoles.

Por cierto. Al hilo de las tentaciones de algunos de considerar el incremento de voto del PSOE como voto procedente de radicales, sólo haré una reflexión.


Si en Europa existen votos de radicales de extrema derecha que obtienen reiteradamente un apoyo importante del electorado (10, 15 o 20 por ciento), cabe presuponer que también en España existe un porcentaje de votantes de extrema derecha, difícilmente cuantificable, por cuanto que no existe ningún Frente Nacional como en Francia, ni ningún FPO como en Austria que capitalice ese voto.

¿Dónde está ese voto radical -que indudablemente existe- de extrema derecha en España?. Quizá aquí no haga falta un trasvase de votos de la extrema derecha al supuesto centro-derecha español, sencillamente porque se han sentido bien representados por algunos de sus líderes en los últimos tiempos. Pregúntenles por Cañete.

martes, 4 de marzo de 2008

SIXTO GONZÁLEZ

A estas alturas, a nadie extraña que en campaña electoral se abra la veda de la incontinencia verbal y se recurra al insulto hacia el adversario. No sé. El calor del momento, el verse a uno mismo con la poderosa magia de la palabra enfrentado a un público leal, convencido, proclive a la provocación y receptivo al chascarrillo.

Pero como en todas las facetas de la vida, hay límites que no deberían traspasarse. Conozco al personaje. Lo conozco bien. Y no me extrañan las salidas de tono con que se descuelga de cuando en cuando. Pero no por esperado, deja de asquear el insulto y la bajeza moral que suponen las últimas palabras de Sixto González, cabeza de lista del Partido Popular por Albacete para estas elecciones. En el fondo nada nuevo bajo el sol. La misma utilización asquerosa del terrorismo para excitar los ánimos de un auditorio suficientemente estimulado por la retórica tabernaria y hedionda que emanaba de la cueva de Fedeguico cada mañana.

Ante estas declaraciones, de poco sirve apelar a lo hecho por el Partido Popular en tiempos recientes. Ningún efecto tendrá en quien no siente el peso del cinismo más rotundo por pasar de calificar a la ETA como Movimiento de Liberación Nacional Vasco, que en términos de política exterior, supuso en su momento equiparar a los etarras y su entorno con otras organizaciones como la OLP, para asombro del mundo en su momento.

Nada puede esperarse de quien ha criticado al Gobierno por haber intentado lo que todos los gobiernos de la democracia han intentado. Nada puede esperarse de quien se olvida de los acercamientos de presos, de las excarcelaciones o de la concesión de beneficios penitenciarios para gentes como de Juana Chaos (sí, consulten la fecha de concesión de reducciones de pena por participar en talleres de lectura y narrativa).

Si olvidan eso, como no van a olvidarse del sentido común en campaña electoral cuando se trata de hacer unas gracietas tremendistas ante un auditorio entregado.

He visto las imágenes. He visto como su voz temblorosa se eleva hacia un frenesí de éxtasis, llevado por los vítores de los entusiastas que responden a las arengas del personaje con entusiasmo. Se mimetiza con el ambiente. Por fin es uno de ellos. Ya no tiene miedo a la repercusión de sus palabras. Nada importa que pueda estar calificando a medio país de complicidad en asesinato. Me intriga esa apelación al “para que nos maten”. Primera persona del plural. Son las víctimas. Solo ellos. Se identifica con el martirio de los buenos españoles, la gente normal y decente, como le gusta decir a Rajoy. Tienen el patrimonio del dolor.

Me viene a la memoria la actitud de aquél concejal que empapeló el ayuntamiento con acusaciones de complicidad de asesinato por el 11-M a partidos políticos democráticos por su tibieza en torno a la organización terrorista etarra.

Me enfrenté a él a aquella mañana pidiendo que parase semejante barbaridad. Pedí el amparo del alcalde que, con tibieza, le pidió que retirase aquéllos carteles difamadores y tristemente desatinados en cuanto a la autoría de aquél atentado. Esta semana, Sixto González, los ha vuelto a colgar.

Para él, yo soy cómplice de asesinato. Y aún hay quien bendice sus palabras.

lunes, 4 de febrero de 2008

SARKOZY O LA POSE LIBERAL


Hace algún tiempo escribí un comentario sobre la izquierda en Europa y la política nacional francesa en particular. Y me atreví a hacer un pronóstico sobre Sarkozy, ese gran líder emergente, al que Aznar prologa sus libros y que, a punto de culminar su primer semestre al frente del país vecino, asombra a propios y extraños con su deriva populista y un extraño afán por el papel cuché que le cuesta apoyos entre la mayoría electoral que lo encumbró en las elecciones presidenciales francesas.

En cuestión de amoríos, bodas relámpago y apariciones estelares en política internacional –rescate de azafatas incluido-, reconozco que el personaje asombra y desconcierta por su extraña tendencia a la escenificación.

Pero lo cierto es que, más allá de la relevancia kitsch del marujeo cotidiano, "Monsieur le president" está confirmando algunas de las teorías ya avanzadas en este humilde blog.

Qué curioso resulta ver a estos apóstoles del nuevo liberalismo económico pregonando aquello que con tanto empeño censuran como uno de los grandes vicios de la izquierda, su afán intervencionista en el mercado. Que diría Adam Smith, y toda la prole que teorizó sobre “la mano invisible que mueve el mercado” si vieran al alumno aventajado europeo que con tanto afán teorizó sobre los límites del estado en el capitalismo del siglo XXI.

Pero ya se sabe. Ni Smith, ni Milton Friedman, ni Hayek pueden obrar milagros. Los citan como sus fuentes intelectuales, porque aportan un sutil bálsamo ideológico que engancha bien con el ciudadano medio, el mismo al que le “expropian” su sueldo para pagar servicios sociales, educativos o sanitarios que no va a utilizar porque tiene seguro médico y colegio privado para sus niños.

Pero la grandeur, la bandera, la patrie…. Con eso no se juega, que siempre viene bien apelar al chovinismo más primario para engatusar al electorado de la nostalgia y los símbolos.

lunes, 28 de enero de 2008

MEMORIA HISTÓRICA

Dicen que la historia, casi siempre, la escriben los vencedores. Los antiguos reyes, empeñados en trascender a su tiempo con un legado fantasioso sobre sus hechos y hazañas, trataban a sus cronistas e historiadores como artistas amparados bajo el manto protector de un mecenazgo destinado a hacer pervivir en el imaginario colectivo de su pueblo, las hazañas y hechos gloriosos que, aun no habiendo protagonizado en vida, tendrían que perdurar en el tiempo. Era el testimonio escrito de una grandeza de la que su sucesor en la corona podría echar mano, llegado el momento, como quien reclama el cobijo de la memoria de los antepasados.

Este último testimonio de gloria, este ejercicio de soberbia de ultratumba, pretendía crear entre el pueblo llano una gran mentira que sumiera en tinieblas los hechos reales que sí trascendieron, pero que no fueron contados por pluma alguna que no estuviera al servicio de los propagandistas del poder.

Una gran mentira, construida sobre el olvido, incentivado en un pueblo temeroso del poder, temeroso de las gestas que nunca protagonizó el caudillo de turno, pero que todos jurarían haber visto, sencillamente por no contrariar la historiografía oficial. La historia construida por vencedores incapaces de reconocer merma alguna del mérito glosado por la prosa barroca y engolada de los historiadores de la nómina oficial del gran líder.

Dicen que el papel todo lo aguanta. Que no hay soporte alguno en el que el peso de la palabra, impresa aún con mentira, falsedad, zafiedad y olvido, no termine por asentar derecho de pernada para inculcar una verdad oficial, una cómoda memoria construida sobre cimientos de amnesia colectiva.

Y así, se levantaron monolitos. La fantasmagórica procesión del cadáver de José Antonio, el ausente que, paradójicamente, fue más útil al régimen que si hubiera estado presente en el mismo, sembró la geografía nacional de piedras dolientes a su paso. Y se rebautizaron calles y plazas, que debían testimoniar la gratitud de los pueblos sencillos al Caudillo y sus generales, brazos ejecutores de la Cruzada, que así se llamaría el golpe en adelante. Los colegios y los parques, nexo de unión con los niños que debían repetir con inocencia aquello de “voy al José Antonio”, sin saber muy bien de los méritos contraídos por el personaje que daba nombre al templo de la infancia que es la escuela.

Desde 1939 hasta 1975 asistimos a un proceso como éste en nuestra España. Quisieron que nuestra España dejara de ser Nuestra. De quienes habían defendido un régimen democrático y a los que se convirtió en apátridas por no comulgar con la nueva España que estaba levantando un gerifalte africanista, cuya única victoria militar en vida fue la obtenida contra la mitad de sus compatriotas. Pero aquél caudillo no podía soportar tacha alguna sobre la victoria que relucía en su pechera. No podía consentir que se levantara testimonio que pusiera en duda la justicia de su causa. No se luchaba contra españoles, sino contra el comunismo internacional, se decía entonces.

Hoy, con la consolidación de una democracia todavía joven en el contexto europeo, ha llegado el momento de reconocer a quienes sufrieron esa enorme mentira. En realidad llegó hace muchos años, pero unas veces la prudencia, revestida de extraños miedos a contar la verdad o “reabrir heridas” y otras la voluntad de gobiernos poco interesados, hizo que España fuera posponiendo la necesaria reparación hacia las víctimas de la gran tragedia del 36. Porque, siendo todas víctimas, las que mueren en un bando y en otro, las que entregan su vida por la intolerancia y la violencia salvaje de ambos contendientes, unos, los derrotados, lo fueron durante décadas. Y para ellos nunca hubo Causa General, ni juicios justos, ni calles, ni plazas ni escuelas. Para muchos, no hubo ni aún dignas sepulturas.


“No fue un golpe militar, fue la rebelión cívica de media España que no se resignaba a morir”, repetía uno de sus aduladores; “no luchábamos contra españoles, sino contra el comunismo internacional”. “Rusia es culpable” gritó Serraño Súnyer para culpabilizar al marxismo internacional y la conspiración judeo-masónica de la tragedia española del 36.

Y así fueron pasando los años, hasta que un buen día, el régimen se fue oxidando, incapaz de soportar el peso de sus mentiras, ni la miseria de sus vilezas. Y llegaron los exiliados, ancianos retirados de un país que renegó de ellos. Apátridas que esparcieron el saber de la generación de escritores, pensadores y científicos que hubiera dado España en mucho tiempo. Y salieron de las cárceles los que habían fundado sindicatos y desarrollado actividad política calificada como subversiva. Y aquél país tuvo que mirar al pasado, como quien se despierta de una pesadilla. Un país en el que se ocultó la verdad y se dio carta de naturaleza a la mentira institucionalizada, de prosa barroca y engolada, plagada de apelaciones vacías a la patria, al imperio, a la unidad-de-destino-en-lo-universal, en boca de los historiadores de nómina palaciega que compartieron tardes de alborozo en cacerías por las fincas de Albacete o pescando gigantescos atunes con el dictador. Sí, ese al que llamaban el faro de Occidente, el Vigía de la Civilización cristiana.

Desperezándose andaba el país, cuando echó en falta que le faltaban unos cuantos. Que no todos volvían en los aviones que traían a los exiliados. Y entonces se descubrieron registros falsos, extraños certificados de defunción, que apelaban a fallos cardíacos como causa de muerte en hombres jóvenes.

Entonces se cruzó la primera raya, la trazada por la prudencia que aconsejaba el tránsito pacífico de régimen. Todo sea en pos del acuerdo y la reconciliación. Y los cuerpos se dejaron en su sitio. En los pueblos seguía el misterio sobre las fosas, sobre los ausentes. Y la libertad todavía era demasiado frágil para zarandearla con semejante provocación. Y así, aquellos supervivientes se fueron muriendo de viejos, en la confianza de que el legislador español nunca llegaría a reparar infamias pasadas.

Pero entonces sus hijos y sus nietos retomaron la lucha por la dignidad perdida. Y empezaron a rastrear en los rincones de la historia susurrada, no escrita. Y se dieron cuenta de que por mucho pulso con que se imprimiera el lápiz sobre aquél papel que todo lo aguantaba, los huesos seguían allí, ajenos a las maniobras de los cronistas del Caudillo, donde sesenta años antes los habían dejado los sicarios a los que el régimen premió con el cargo de centinelas de Occidente, y la ocupación de cargos y carguillos en la administración, vacantes tras las depuraciones pertinentes.

Todo lo negaron. Y mataron al mensajero. Y culparon a los nietos por el espíritu de revancha que les llevaba a remover la cuneta de la carretera provincial, o las tapias del cementerio, en el que siempre creyeron que la tierra que cubría las víctimas de la guerra civil sería tan dura de remover como la lápida de un Caudillo del que todos, llegada la democracia, quisieron abjurar con la boca pequeña.

Y entonces sintieron vergüenza.