Me había prometido escribir más a menudo, es cierto. Pero uno no es dueño de su tiempo, al menos en la forma que quisiera, así que aprovecho el descanso navideño para darle algo de lustre a este desangelado blog, repleto de retales varios y encantado de verse de nuevo en activo, aunque hoy, tenga por destino cobijar una pequeña selección de retazos de cine, de escenas concretas que he querido rescatar y comentar brevemente y llevado, seguramente, por el tedio de una tarde navideña insulsa y aburrida en la que me ha dado por recuperar algunos fragmentos de cine que me han dejado huella.
Cinco películas, casi al azar. Ni son mis favoritas, ni tienen porqué constituir, a mi modo de ver, una obra como película, en conjunto, maestra o extraordinaria. Aunque me ha costado mi tiempo, he seleccionado escenas concretas, momentos puntuales que permanecen en mi mente, mucho tiempo después de haberlas visto. Sólo son cinco. Podrían ser muchas más, podrían ser otras bien distintas.Imagino que el momento en que me pongo a ello, el día, el estado de ánimo, influyen para que sean estas cinco y no otras las que se hayan ganado su momento de gloria efímera en este espacio.
Voy a ello.
El Padrino III
Empiezo por un clásico. Aunque no sea la mejor de la saga –a decir verdad es la más floja de las tres- esta escena define por sí sola a un gran actor, en uno de los momentos de mayor tensión dramática que he visto nunca en el cine. Suena la Cavallería rusticana de Mascagni, mientras Pacino grita en silencio y luego en aullido desgarrador. Afinando más todavía, el personaje de Connie, se cubre la cabeza con un pañuelo negro, como una madonna italiana que parece reconciliar a la familia americana con la tierra de la que arrancó la estirpe maldita cuyos pecados expía Michael con la sangre de su propia hija. La pobre Sofia arrastró media vida las críticas sobre su interpretación de la joven Maria. Solo su maestría tras la cámara acabó reconciliándola con el cine, aunque lejos de la interpretación, para la que no hubo redención posible después de ser acusada de tener el papel por empeño personal de su padre. En esta escena, Pacino compone el dolor como ningún otro. El silencio de la pérdida que abrasa la voz y el grito liberador que desgarra su alma perdida.
La delgada línea roja.
El asalto entre la neblina, en los islotes perdidos del Pacífico en los que Norteamérica empieza su venganza por el ataque de Pearl Harbor. En medio de la acción, el crescendo de la música, genial pieza del maestro Hans Zimmer que envuelve una acción dramática, caótica, repleta de dolor. El sin sentido de la muerte y de la guerra en los japoneses errantes en medio de los tiros, la locura en los ojos de los que matan y en los que mueren. La voz del narrador nos atrapa en medio de la acción, cuestionando el porqué de lo inexplicable, de lo inhumano que habita en el hombre.
Erase una vez el oeste.
Es el último spaghetti western, un subgénero que ofreció títulos espantosos y pequeñas joyas, casi exclusivo patrimonio estas últimas del gran Sergio Leone. Es el duelo por antonomasia. Alternancia de planos cortos y perspectivas a ras de suelo para captar la inmediatez de la muerte que se aproxima. Henry Fonda deja caer su chaqueta negra y avanza en círculo con la mirada puesta en Armónica, el inefable Charles Bronson redimido de sus miserias posteriores a ojos de un espectador sorprendido cuando ve esta escena por primera vez. Buen empleo del flashback para encontrar las razones del odio y el ansia de dar muerte al perverso forajido de negro. Mención especial para la música. Cuentan que Morricone compuso la banda sonora antes de que la película tuviera el guión completamente perfilado, por expreso deseo de Leone.
The Kid
The Kid no es la película más conocida de Chaplin, ni está entre las grandes obras de este genio. Recuerdo haber visto esta escena en una adaptación biográfica de Chaplin, con Robert Downey Jr en un extraordinario papel. En la escena, la tensión dramática es impresionante. Ni siquiera la típica persecución con policía y porra consigue arrancarnos la mueca de pena que produce el gesto del niño al que arrancan de los brazos de un Charlot que compone la imagen de la desesperación y la impotencia cuando le están sujetando. Decidme lo que sentís cuando abraza al niño sobre la camioneta, en la escena del reencuentro, casi al final. Por cierto, la música también ayuda.
El Paciente inglés
Gran película de ambientación épica, la mística del desierto de Libia, la pasión desbordada en medio de una guerra que se aproxima. Todo el mundo recuerda la escena del avión sobre el desierto, con Kristine Scott Thomas flotando sobre las dunas. Esta os será menos conocida. Se que es un fastidio, pero sólo la encuentro en inglés.
“Deja que te cuente algo sobre el viento….”, mientras ella dibuja imágenes figuradas en el cristal de coche en el que se refugian de la tormenta de arena. Me fascinó la historia de los vientos de África, hasta el punto de que tras ver esta escena me hice con la Historia de Herodoto, ese manual desvencijado que acompaña al personaje de Fiennes, el conde Almasy, el hombre al que el destino le reserva la crueldad de ver morir a la mujer a quien ama por tener un nombre inadecuado, en un lugar inadecuado, en un momento inadecuado…
En fin. Reitero lo dicho al principio. Son solo cinco escenas. Ahora, después de comentarlas, me asalta la duda de por qué no habré incluido otras quince o veinte que guardo en mi memoria y que merecerían formar parte de esta selección. Prometo seguir con ello más adelante. Hoy son estas cinco, sin un motivo racional ni orden estilístico o temporal para ello. Son sólo cinco momentos de cine.





Hace unos días se conmemoró el quinto aniversario del inicio de las operaciones militares en Irak. Por cierto, que algunos siguen sin reconocer errores en su actuación, pese a que las consecuencias del desastre a medio plazo eran imprevisibles para los patrocinadores de una aventura militar y política mal calculada.







